Reconocer la propia ignorancia es un primer paso hacia el conocimiento. Sócrates habría dicho «sólo sé que no sé nada», con lo que reluce justamente la importancia de no creer que se lo sabe todo. La anosognosia es una condición en la que una persona es incompetente para determinadas tareas, pero no lo sabe. Con investigaciones y trabajo de campo ha quedado demostrado que las personas en general y muy a menudo sobreestiman sus conocimientos y habilidades. El caso de un ladrón de bancos que creyó que el jugo de limón lo haría invisible ante las cámaras de vigilancia, curiosamente, fue el disparador de los estudios que determinaron el efecto Dunning-Kruger.
Muchas veces se insiste en repetir una consigna atribuida a Socrates, según la cual sabemos que no sabemos nada. Mientras esta supuesta convicción se quede no quede en una pose, estaremos en el camino correcto de la búsqueda del saber. Porque podría ser que el cinismo nos haya dictado que asumir ignorancia es elegante, pero que no se haya una propia vocación auténtica por el progreso en el conocimiento.
También en la institución existen constantes desafíos a buscar nuevas causas, aunque algunas explicaciones que se encuentran al paso no siempre resultan para el aplauso. El mérito consiste en nunca abandonar la senda de la duda, en tanto en ella se asienta una mente abierta que no ceja en interrogarse a sí misma acerca de la verdad de las cosas.
Podrá decirse que existen diversos caminos para el encuentro con la verdad, y citar a Jesus diciendo que en él se encontraba no sólo ella sino también el camino y la vida, pero está claro que siendo el ámbito iniciático un espacio para la búsqueda de la última razón, por purismo racional esa causa primordial también debería estar exenta del prejuicio en que se asientan las creencias religiosas.
Sin embargo, hay un peligroso sesgo de la inteligencia que está tan en boga que es ineludible a la hora de hablar de la indagación acerca de uno mismo, cuando creemos que sabemos de algo… y hasta de todo!
«La gente está destinada a desconocer dónde termina la tierra sólida de su conocimiento y comienza la costa resbaladiza de su ignorancia».
La anosognosia es una condición neurológica en la que el paciente tiene una discapacidad pero no lo sabe, no porque se niegue a reconocerla, sino porque no es consciente de ella. Todo indica entonces que andamos por la vida acompañados por esa incompetencia oculta. Por eso conviene recordar que existe una extraña relación entre confianza y conocimiento que nos lleva a sobreestimar nuestras capacidades.
David Dunning y Justin Kruger, dos psicólogos y profesores universitarios, unieron esfuerzos en una investigación cuyas conclusiones serían finalmente caratuladas como un síndrome cuya identidad lleva sus apellidos.
¿Podrían las personas tener puntos ciegos sobre su incompetencia? Esto es, ¿no saber que no saben?
¿Sería cierto que, como señaló Charles Darwin en 1871, “la ignorancia genera confianza con más frecuencia que el conocimiento”?
Para responder a su inquietud invitaron a un grupo de personas a responder un cuestionario, al final del cual los participantes debían también autoevaluar su desempeño. Lo curioso -y paradójicamente, lo que certificó sus sospechas- es que el 25% de quienes tuvieron menor calificación autopercibía encontrarse por encima del promedio de la evaluación.
Dunning y Kruger llegaron a la conclusión de que cuando las personas son incompetentes sufren una doble carga: «No sólo llegan a conclusiones erróneas y toman decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les priva de la capacidad de darse cuenta de ello.”
Finalmente, el problema no estaría en no tener las respuestas, si no en no tener las preguntas. Lo cual determina que, al mirarnos al espejo, concluyamos en que nuestra propia ignorancia es oceánica.

Un ladrón de bancos llamado McArthur Wheeler dio dos golpes en 1995 en Estados Unidos. Al ser atrapado le informaron que lo habían identificado gracias a imágenes de cámaras de seguridad. Quedó estupefacto. «¡Pero me eché jugo de limón! ¡Me eché jugo de limón!»
Wheeler explicó que le habían dicho que si se embadurnaba la cara sería invisible ante las cámaras. Y había puesto a prueba la hipótesis según el método experimental, tomándose una foto polaroid en la que él no apareció.
Así comenzó en los hechos el efecto Dunning-Kruger como caracterización psicológica.
Esta entrada se publicó antes aquí el 17/10/23
