Mihaela Minca, autoproclamada como la hechicera rumana más poderosa de ese país, ha instalado recientemente una escuela de magia que fusiona antiguas tradiciones con tecnologías modernas, desde la cual dirigirá un negocio familiar que pretende redefinir los límites de esas prácticas, prestando servicios a nivel global.

Dicen lo que la conocen que para quien encabeza esta empresa, la hechicería no es solo un trabajo, sino una vocación que fluye por cuerpo. Heredera de una línea de mujeres que se remonta a varias generaciones, continúa esta tradición junto a sus hijas Cassandra y Anna, así como su nuera Larissa. Su oferta es tan variada como interesante: desde encantamientos de amor hasta maldiciones, pasando por rituales de protección.

Lo que distingue su práctica es su capacidad para atraer a una clientela global a través de Internet. Las solicitudes han comenzado a llegar de diversos rincones del mundo, reflejando un muy bien extendido interés por estas prácticas de misterio. Además, esta familia representa una forma particular de poder femenino, habiéndose establecido esas mujeres como figuras de autoridad con independencia económica.

En muchas culturas antiguas, se denominaba «brujas» a aquellas mujeres que eran consideradas sabias, en general asociadas con prácticas basadas en el conocimiento de las hierbas, la medicina, y acciones espirituales o mágicas, ya que poseían habilidades curativas y un entendimiento de la naturaleza a menudo inexplicable para el común de sus contemporáneos.

Muchas mujeres actuaban como curanderas o parteras, ayudando a sus comunidades. Con el tiempo, especialmente durante la Edad Media y el Renacimiento, la percepción acerca de ellas cambió, y con la llegada de la Inquisición y merced a un auge particular del patriarcado, se llegó a la demonización de su figura. Durante los siglos XV al XVIII, muchas mujeres fueron acusadas de brujería, sometidas a juicios injustos y ejecutadas, en un marco persecutorio.

En tiempos más recientes, ha habido un resurgimiento del interés por las prácticas de quienes portan este tipo de sabiduría, y el término «bruja» ha llegado a ser resignificado por algunas personas, como un símbolo de empoderamiento.

El éxito de la emprendedora Mihaela y su familia vuelve a interrogar de viva voz a todos sobre el lugar de la espiritualidad y el misticismo en la sociedad actual. ¿Cómo se adaptan estos misterios a la era digital? ¿Cuál es el atractivo de la hechicería para una clientela internacional que aparenta en general encontrarse alejada de esas tradiciones? Paradójicamente, el proyecto de la familia Minca da la impresión de dibujar un intento de fusión entre lo antiguo y lo moderno, pero a la vez también entre lo local y lo global, tocando la puerta del alma de quienes solicitan sus servicios, y también de quienes se mantienen como espectadores.

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