Aristóteles sostuvo que toda investigación, toda acción y toda elección humana persigue siempre un bien, al que la filosofía clásica llamó felicidad —dándole carácter de bien supremo—, entendida esta meta no como un estado pasivo ni como fruto del azar, sino como una actividad del alma conforme a la virtud. El filósofo griego planteó la necesidad ineludible de educarse para alcanzar ese fin, y comparó al individuo con un arquero que necesita un blanco definido para no errar el tiro, porque sin una meta clara, la vida carece de dirección.
