La religiosidad popular contemporánea actúa como un espejo fracturado del Evangelio debido a su mezcla con la cultura consumista. Este fenómeno refleja la fe auténtica del pueblo mientras muestra las distorsiones del poder y la alienación. La teología en la última era del catolicismo exige un discernimiento crítico sobre este poliedro de luces y sombras para comprender su verdadera naturaleza.
Estas conclusiones pertenecen a Guillermo Jesús Kowalski en un artículo publicado en religiondigital.org, que merece ser visitado y analizado. Kowalski posee una trayectoria académica y docente, cuyos hitos sobresalientes son la licenciatura en Teología por la Universidad Católica Argentina y su similar en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Nacional de Quilmes. Su especialización incluye un máster en Doctrina Social de la Iglesia por la Universidad de Salamanca.
Las reflexiones que contiene el artículo conducen a meditar acerca del vaciamiento de los rituales católicos, aunque podría aplicarse a otras organizaciones, como la propia orden masónica, cuando se desdibujan los objetivos de las instituciones.
La dualidad de la fe en la expresión popular
Siempre siguiendo la línea de sus reflexiones, la religiosidad popular funciona como un opio alienante o como una semilla de cambio personal y social. Esta distinción depende de si la práctica despierta una conciencia crítica o si ofrece un ritualismo que adormece el seguimiento de Cristo. La fe popular —sostiene Kowalski— cumple su propósito cuando busca una identidad colectiva que recoge a los heridos del camino. Estas expresiones dejan de ser sumisas y abandonan los temores reverenciales para confrontar a los mercaderes del templo.
El pueblo construye, según su visión, un mundo nuevo de justicia mediante la búsqueda activa de la paz y el diálogo frente al armamentismo. Los migrantes representan a los profetas de una nueva era histórica en este proceso de construcción social que rechaza la aceptación callada de la guerra.
Riesgos y potencial transformador de la piedad
Existen peligros actuales para una religiosidad que no evoluciona según el Evangelio, sostiene el autor. Estos riesgos comprenden el misticismo pasivo junto con el culto al sufrimiento y la manipulación clericalista. Para su concepción, el potencial liberador de la fe reside en la memoria transformadora y en una espiritualidad encarnada.
La teología desde los pobres sitúa a los marginados en el centro de atención, tal como hizo Jesús en su tiempo, afirma a continuación. Esta perspectiva desplaza el centro hacia las periferias y adopta la actitud de un hospital de campaña para atender las necesidades humanas. Una religiosidad liberadora requiere la denuncia constante de las injusticias y la celebración comunitaria de la resistencia mediante la educación en conciencia crítica.
Luces y contradicciones en la vivencia actual
La religiosidad popular manifiesta luces cuando el pueblo encarna el Evangelio de un Cristo pobre entre los pobres. De este modo, Kowalski sintetiza el centro del problema. Estas expresiones pertenecen a la comunidad y rechazan la propiedad clerical o el mercado turístico que desvirtúa la esencia espiritual. El pueblo recupera su identidad fraterna mediante celebraciones que generan comunidad frente a la globalización individualista, según el parecer del columnista.
Se refiere, además, al autor Carlos Mesters, de quien dice que describe este fenómeno como el pueblo que lee la Biblia con los pies en la tierra. Sin embargo —precisa—, las contradicciones surgen cuando la fe se mercantiliza y se convierte en un opio espiritual que adormece mediante la magia barata. Jesús denunció este moralismo burgués al señalar a quienes cuelan el mosquito, pero tragan el camello. Algunas estructuras secuestran la fe para legitimar órdenes sociales injustos o mesianismos políticos mediante teologías de la prosperidad. Estos líderes utilizan la Biblia para justificar la acumulación de riqueza por parte de una minoría que atropella la dignidad humana.
El discernimiento teológico y la exclusión social
Kowalski indica que el discernimiento de la autenticidad requiere preguntar si la fe acerca al pueblo a la opción por los pobres. La religiosidad adormece cuando se limita a un misticismo pasivo o a peregrinaciones folclóricas que carecen de compromiso social. El culto al sufrimiento también distrae cuando utiliza la imagen de un Cristo ensangrentado para enseñar una resignación pasiva frente a las causas de la pobreza.
La fe se esteriliza cuando los gobiernos o las iglesias la usan como instrumento de manipulación política para controlar a las masas, sentencia el autor. Paulo Freire advirtió que la religiosidad domestica al hombre si no se vincula con una praxis liberadora. Esta manipulación a menudo excluye a los migrantes mediante una idolatría nacionalista que traiciona el Evangelio. Una fe que no lucha por la justicia con los migrantes representa un fascismo disfrazado de piedad.
Sanación y compromiso del pueblo de Dios
La sanación de la religiosidad requiere la inclusión y la memoria subversiva en los ritos tradicionales, sostiene Kowalski casi a modo de conclusión. Las procesiones y celebraciones religiosas deben recordar a los mártires actuales para vincularse con las situaciones sociales de injusticia.
Fijando claramente su posición política y social al respecto, dice también que el Día de Muertos en México o las romerías en Brasil sirven como ejemplos de fe unida a la lucha por la reforma agraria y la justicia estatal.
El pueblo de Dios —indica— posee una capacidad teológica que necesita despertar para dejar de ser inocente. La religiosidad popular sirve como un motor cuando ayuda a las personas a levantarse para caminar y servir, porque «Dios no quiere flores en los altares, sino justicia en las calles». El desafío final consiste en convertir las tradiciones en herramientas de liberación permanente en lugar de mantenerlas como simples adornos identitarios.
