La premisa fundamental para la constitución de la ética en el sujeto psíquico es el reconocimiento de la «presencia inquietante del otro», el que en su alteridad radical, confronta al individuo con su propia finitud y lo saca de la ilusión de una existencia solipsística, en la que sólo existe conciencia para el propio yo.

Así lo afirma la reconocida psicoanalista argentina Silvia Bleichmar, quien agrega que una experiencia de alteridad es una convocatoria a asumir responsabilidades que van más allá de la mera supervivencia, incluyendo la preocupación por el bienestar ajeno y la búsqueda de la justicia social.

¿Son obstáculos la envidia, la rivalidad y los celos en la formación del sujeto ético?

Se responde que estos afectos negativos, lejos de ser meros obstáculos, juegan un positivo papel: la envidia nos confronta con nuestros deseos y limitaciones, la rivalidad nos impulsa a superarnos y los celos nos alertan sobre las amenazas a nuestros vínculos afectivos. Bleichmar analiza cómo estos sentimientos influyen en la manera en que nos relacionamos con los demás y en cómo asumimos responsabilidades éticas en nuestras interacciones.

La autora enfatiza la importancia de la responsabilidad hacia el otro y la necesidad de construir relaciones basadas en el respeto mutuo y la empatía. Estas ideas se alinean con la noción de una ética recíproca que busca el bienestar del otro, como fundamento de la acción moral.

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Silvia Bleichmar es una reconocida especialista argentina con una amplia trayectoria profesional y académica en el campo de la psicología profunda. A lo largo de su carrera, ha realizado importantes contribuciones teóricas y clínicas en el ámbito del psicoanálisis, especialmente en relación con la construcción del sujeto ético y la influencia de la cultura en la constitución subjetiva, volcadas en sus libros.

¿Y cómo juegan estos conceptos hacia el interior de la masonería, tan remanidamente designada como una escuela de moral, y en el funcionamiento de las agrupaciones humanas en general?

Reconoce la autora que las instituciones, como la familia, la escuela y las congregaciones religiosas, juegan un papel significativo en la formación moral del individuo, al proporcionar un marco normativo y de referencia para la conducta socialmente aceptable, ya que transmiten valores, normas y creencias que influyen en la construcción de la identidad de las personas.

Distingue -empero- entre ética y moralina, circunscribiendo la segunda a una moral superficial, basada en normas externas y en la apariencia de cumplir con ciertos preceptos sin una verdadera reflexión ética. En contraste, a su juicio la ética implica un compromiso interno y profundo con los valores y principios que guían la conducta de manera auténtica y responsable.

Un capítulo muy plausible de sus reflexiones se refiere a la degradación de la ética cuando se busca complacer a las autoridades sin considerar los principios universales de justicia y dignidad humana. Enfatiza así la necesidad de analizar las estructuras de poder para garantizar que las acciones de las personas estén alineadas con los principios éticos universales.

Un ejemplo de esta confrontación es lo que se conoce como el caso de Antígona, en el que se observan dos fundamentos en colisión: la ley de la ciudad, representada por Creonte, que prohibía el entierro de Polinices por traición a la patria. Frente a ella, la ley consuetudinaria, basada en la tradición y el respeto a los muertos, que exige el entierro digno de los restos de su hermano.

Según la mitología griega, Antígona se mantiene fiel a la ley consuetudinaria y entierra a Policines, desafiando a la ley de Creonte por considerarla injusta e inmoral, lo que le valió su propia condena a muerte. He aquí un emergente destacado de la importancia de que las normas guarden respeto por las tradiciones y los fundamentos normativos universales, en balance con los de cada comunidad.

Las instituciones en particular, tiene una serie de deberes en cuanto a su ética, según lo sostiene Bleichmar, que se resumen en sostener los principios de su ética interna, en emparentar estas normas con los principios universales, y en promover una cultura que fomente la reflexión crítica, el diálogo abierto y la transparencia.

La defección de las instituciones en la construcción del sujeto ético puede tener consecuencias negativas, tales como la pérdida de confianza y credibilidad, la desorientación moral y el fomento de comportamientos antiéticos.

Bleichmar también remarca que la producción de subjetividades influye en el modo en el cual las sociedades determinan las formas con las cuales se constituyen sujetos capaces de integrarse a sistemas que les otorgan un lugar, cuya consecuencia sería que la constitución de esa subjetividad va a producir un sujeto histórico, socialmente potable.

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