Es un tema del que se habla poco, pues podría resultar explosivo en el contexto actual donde los religiosos de todas las procedencias están tentados de imponer sus dogmas. Si la masonería tuvo en sus orígenes un carácter religioso, gracias a nuestros Hermanos del Gran Oriente de Bélgica la libertad de conciencia hizo su aparición en el siglo XIX y algunos rituales fueron modificados para autorizar a los no creyentes y a los ateos a participar en la vía masónica.
La masonería era como una anciana que se veía obligada a cambiar los hábitos que había aprendido en su juventud. El resultado fue la escisión, y solo una minoría de obediencias aceptaron dejar de exigir la creencia en Dios. A eso se le llama masonería liberal.
Hoy, está claro que si hubiera que nombrar un lugar donde la tolerancia religiosa se ejerce de manera pacífica, sería sin duda la logia masónica.
Misticismo
Nuestros rituales, cuya coherencia provenía de su misticismo, son hoy reinterpretados por no creyentes gracias al concepto de espiritualidad, que permite a cada cual expresar libremente, en lo más íntimo de su ser, su conciencia.
Al definir la espiritualidad como un pensamiento que se refiere al mundo de los espíritus, se incluye en ella tanto el pensamiento religioso como todo el imaginario inmaterial.
Día y noche
Luna y sol sobre fondo negro.
Recordemos, ante todo, que los seres humanos, desde su socialización, se enfrentaron a interrogantes para los cuales no tenían respuesta: ¿por qué el día y la noche, por qué el sol, por qué la luna, por qué las estrellas, etc.?
Las respuestas se hallaron recurriendo a nuestra capacidad de conceptualizar lo imaginario; así fue como la explicación de lo desconocido se encontró en la intervención de fuerzas invisibles. Según los avances de los conocimientos, las culturas locales y las distintas épocas, se fue constituyendo todo un mundo imaginario de mitos y leyendas. El animismo, el politeísmo y el monoteísmo forman parte de las creencias a las que los seres humanos se han referido, y a las que aún se refieren hoy ciertas poblaciones.
La masonería liberal acepta de facto diversas lecturas y, seamos espiritualistas o no, creyentes o no creyentes, ello no nos impide encontrarnos, compartir y también fraternizar.
Méritos propios
¿No es acaso el aporte fundamental del pensamiento masónico el de permitir la tolerancia entre las diferentes aproximaciones al Misterio? En ningún otro lugar es posible tal tolerancia dentro de un círculo de reflexión.
¿No es acaso un honor para esta masonería liberal poder reivindicar esa originalidad?
Cuando escuchamos a los charlatanes de oficio reclamar “valores” y, al mismo tiempo, comprometerse en acciones violentas, en las logias, las masonas y los masones practican la benevolencia y la tolerancia.
Coexistencia y respeto
Dos dedos para cada una de las siete manos.
Pese a todos los silencios y ambigüedades, la originalidad de la vida en logia proviene de la gran tolerancia que permite una coexistencia pacífica y un respeto mutuo, cualesquiera que sean los imaginarios de cada cual. En un contexto mundial donde proliferan las guerras interreligiosas, existe un espacio social en el que el respeto mutuo prevalece y hace posible el convivir.
Los ateos no necesitan hacer proselitismo porque, en definitiva, no es muy importante tener creencias diversas y variadas en el ámbito de lo sobrenatural, siempre y cuando los espíritus acepten respetar a quienes no encuentran en ello un interés particular.
En este siglo XXI, caracterizado por un recrudecimiento de las guerras religiosas, la pertinencia de la vía masónica en lo esencial —esto es, la búsqueda del centro de la unión— está más que nunca de actualidad.
Al enriquecer la vía masónica, el ateísmo aporta una mayor dimensión a la exigencia de tolerancia y de laicidad, preparando así un mundo de paz para creyentes e increyentes.
Parvis extiende su profundo reconocimiento al autor por su generosidad al compartir este artículo. Para realce de la redacción y los conceptos originales, y con la idea de amenizar la lectura, se agregaron el énfasis de las negritas y las pausas de los subtítulos, y también se realizaron ínfimas adaptaciones en el uso de mayúsculas, todo ello siguiendo el propio estilo editorial.
