sufismo y masonería

El sufismo constituye la dimensión mística y espiritual del islam. Lejos de tratarse de una secta separada, funciona como una ciencia del alma articulada con la ley islámica, que históricamente representó la corriente ortodoxa dominante dentro del islam suní, y cuyo objetivo central reside en la purificación del corazón, un proceso que busca el dominio del ego y el acercamiento constante a lo divino.

Esta doctrina es conocida en árabe por el nombre de tasawwuf, y sus practicantes la definen a partir del concepto de ihsan, la excelencia espiritual que consiste en adorar a Dios como si se Lo viera.

Los sufíes recurren a un conjunto de disciplinas para alcanzar ese estado de unidad con lo divino. El dhikr, o recuerdo, ocupa el lugar central entre ellas: consiste en la repetición rítmica de los nombres de Dios o de fórmulas sagradas, con el propósito de mantener la presencia divina en el corazón del practicante. Junto a esta técnica, el sufismo cultiva la muraqaba, una forma de meditación silenciosa en la que el practicante llena su mente con la conciencia de que Dios observa cada pensamiento.

Sufismo y masonería: dos pedagogías de la interioridad

Existe un vínculo entre el sufismo y la masonería que surge como un punto de convergencia que algunos investigadores han abordado desde la perspectiva del liderazgo ético. En algunos manuales y libros de instrucción utilizados para el grado de Aprendiz es factible encontrar referencias a esa filosofía, con trazados de los aspectos coincidentes de ambas escuelas iniciáticas.

Ambas tradiciones comparten la idea de que el autogobierno antecede a cualquier forma legítima de conducción de otros: nadie gobierna a otros si antes no logra gobernarse a sí mismo. El trabajo simbólico que la masonería propone sobre la piedra bruta encuentra un paralelo en la purificación sufí del ego, ambos procesos orientados hacia una contribución al bien común.

Esta cercanía conceptual se refleja también en figuras históricas concretas. El muy conocido escritor y místico René Guénon buscó una tradición común subyacente tanto en el sufismo como en el simbolismo masónico. El emir argelino Abdelkader, místico sufí que combinó la formación espiritual con la conducta humanista durante los conflictos armados que estallaron en su entorno, recibió un reconocimiento en virtud de esa ética.

De hecho, Abdelkader fue formalmente iniciado en la Logia de las Pirámides de Alejandría y condecorado por el Gran Oriente de Francia tras su heroica intervención en 1860, cuando salvó a miles de cristianos en Damasco. Este reconocimiento honorífico nació de la admiración de las logias europeas hacia su ética humanista. Para él, los valores masónicos de fraternidad y tolerancia encajaban perfectamente con su visión espiritual, lo que le permitió transformar este vínculo en un puente de paz y entendimiento entre el Islam y Occidente.

Orígenes en el Hejaz y grandes maestros

El movimiento surgió en el Hejaz, región que hoy forma parte de Arabia Saudita, durante los primeros siglos del islam. Sus primeros exponentes reaccionaron contra la mundanidad que percibían en los califatos y tomaron como modelo la vida ascética del profeta Mahoma. Con el correr de los siglos, pensadores como el sabio persa Al-Ghazali (1057-1111) reconciliaron la experiencia mística con la teología oficial del islam, un aporte que consolidó la legitimidad doctrinal del sufismo.

Entre las figuras que marcaron esta tradición aparece otro maestro supremo llamado Ibn Arabi (Murcia 1165 – Damasco 1240), cuya metafísica de la unidad divina propuso un corazón capaz de abrazar todas las formas de fe. Pero no fue el único que profesaba esa inclinación hacia lo universal. Entre los artistas, el poeta persa/jurasaní Rumi (1207-1273) situó el amor puro como el camino más directo hacia Dios.

Tensiones doctrinales y persecución

El sufismo no atraviesa la historia sin conflictos. Movimientos de orientación integrista, como el salafismo o el wahabismo, consideran algunas de sus prácticas una innovación prohibida o incluso una forma de politeísmo. Estas lecturas han derivado en ataques contra santuarios y comunidades sufíes en distintas regiones del mundo musulmán.

También existe tensión con el chiismo, que es la doctrina dominante en el actual Irán y en las regiones circundantes. Junto al sufismo, comparten devoción por figuras referenciales de la religión, pero divergen en torno a la autoridad suprema: el sufismo reconoce a un polo espiritual que el chiismo sostiene en otro distinto: la figura del imán. Frente a este panorama de disputas, algunos gobiernos occidentales y organismos internacionales prefieren al sufismo por ser un modelo de islam moderado y pluralista y tal vez por su parecido con la escuela iniciática predominante en este espacio: la masonería.

Alcance global y lecturas contemporáneas

La influencia del sufismo se extiende hoy por regiones como Marruecos, Senegal, Turquía, Pakistán e Indonesia, además de una presencia importante en países occidentales. La psicología contemporánea incluso ha comenzado a prestar atención al valor terapéutico de sus prácticas: distintos estudios señalan su utilidad para reducir la ansiedad y los síntomas depresivos.

El recorrido por esta tradición mística permite advertir una estructura ética que atraviesa el tiempo y geografías distintas. Sus defensores sostienen que esa arquitectura interior de las personas resulta necesaria para formar liderazgos capaces de examinarse a sí mismos antes de proyectarse hacia la sociedad.

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