Santa Sofía se alza en Estambul como uno de los monumentos que mejor resume las transformaciones religiosas y políticas del Mediterráneo oriental. El emperador Justiniano I ordenó su construcción en el año 532, y el edificio funcionó primero como catedral cristiana, después como mezquita otomana y, desde 1935, como museo estatal durante casi nueve décadas. Esa sucesión de usos convirtió al templo en un símbolo disputado por tres tradiciones distintas: la bizantina, la otomana y la republicana laica.
Justiniano y el desafío de una cúpula imposible
Tras la destrucción de los templos anteriores durante unos disturbios conocidos como los de Niká (un grito de guerra que significa «victoria» en griego), el emperador Justiniano I encargó la obra a Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Ellos eran dos especialistas en geometría y física antes que arquitectos en el sentido tradicional. Los equipos de trabajo levantaron el edificio en apenas cinco años, diez meses y cuatro días, entre el 532 y el 537, con la participación de más de diez mil trabajadores.
Es importante señalar, desde un punto de vista histórico, que la francmasonería tal como se conoce hoy tuvo sus orígenes en los gremios de constructores de la Edad Media, varios siglos después de la edificación de Santa Sofía. Pero si bien en su erección no se puede certificar la participación de la masonería operativa, la carga simbólico-religiosa es tan densa como su historia.
De catedral a mezquita imperial
El sultán Mehmed II conquistó Constantinopla en 1453 y convirtió de inmediato Santa Sofía en mezquita. Las nuevas autoridades añadieron cuatro minaretes exteriores y contrafuertes adicionales, instalaron el mihrab orientado hacia La Meca y colocaron el minbar destinado a la predicación. Los mosaicos bizantinos quedaron cubiertos o enlucidos por una capa de yeso, en línea con las directrices del islam —que prohíbe las imágenes en sus templos—, y en su lugar se incorporaron medallones con escritos de algunos pasajes del Corán y nombres sagrados.
Tres capas de significado superpuestas
La trayectoria del edificio acumuló, con el paso de los siglos, tres registros simbólicos que conviven todavía hasta la actualidad.
El primero remite al cristianismo bizantino. El templo no se dedicó a una santa concreta, sino a la Hagia Sophia, la Divina Sabiduría entendida como manifestación del logos en la teología cristiana oriental. Durante novecientos dieciséis años funcionó como catedral del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y escenario de coronaciones imperiales, y expresó también el cesaropapismo bizantino, es decir, la concentración de la autoridad política y religiosa en la figura del emperador.
El segundo registro corresponde al período otomano. Para la dinastía gobernante, transformar la mayor catedral de la cristiandad en mezquita —la llamada Fethiye o mezquita de la conquista— representaba la victoria del islam y la continuidad del Imperio Otomano como heredero de los dominios imperiales del Mediterráneo. El sistema estructural de Santa Sofía sirvió además de referencia para la arquitectura de mezquitas otomanas posteriores, con huellas visibles en otros templos.
El tercer registro es más reciente y remite al Estado laico. La desacralización del edificio en el siglo XX expresó el tránsito hacia una república secular impulsada por Mustafa Kemal Atatürk, y las decisiones posteriores sobre su estatus jurídico reflejan la tensión, todavía vigente, entre el secularismo moderno y las corrientes de reafirmación religiosa e identitaria en la región.
La etapa como museo nacional
Tras la caída del Imperio Otomano y la fundación de la República de Turquía, el nuevo Estado había emprendido reformas orientadas a la secularización y la occidentalización institucional. En ese contexto, el Consejo de Ministros turco aprobó en 1934 el decreto que transformaba la mezquita de Santa Sofía en museo público, y el edificio abrió sus puertas bajo esa condición en 1935.
La conversión permitió acometer trabajos de restauración científica: los equipos retiraron capas de yeso y pintura otomana y sacaron a la luz mosaicos bizantinos que habían permanecido ocultos durante siglos, entre ellos el de la Virgen con el Niño y el del Pantocrátor. Esa intervención hizo posible la convivencia actual de las imágenes cristianas con los medallones de caligrafía islámica instalados siglos antes. En 1985, la UNESCO incorporó Santa Sofía a las Zonas Históricas de Estambul dentro de su listado de Patrimonio de la Humanidad, en reconocimiento a su valor como síntesis cultural y arquitectónica.
Durante ochenta y seis años, el edificio funcionó como un espacio desvinculado de un culto religioso exclusivo, lo que facilitó el acceso de visitantes y académicos de distintas confesiones y lo convirtió en uno de los monumentos más visitados del país. Esa etapa como museo se cerró en 2020, cuando el estatus del edificio volvió a cambiar y el uso religioso recuperó su lugar central, un giro que reactivó el debate sobre el lugar de Santa Sofía como patrimonio compartido entre tradiciones distintas.
El entorno y la propia construcción fueron escenario de la película Inferno (2016), la adaptación cinematográfica dirigida por Ron Howard y protagonizada por Tom Hanks, basada en la novela del mismo nombre del escritor Dan Brown.
Detalles de la técnica de construcción
En cuanto a la técnica arquitectónica, se han combinado dos tradiciones constructivas. La planta de tipo basílica de tres naves, inscrita en un rectángulo de setenta por setenta y seis metros, remitía a la arquitectura grecolatina, mientras que el gran espacio central cubierto por una cúpula respondía a la tradición oriental. El principal problema técnico consistía en apoyar una cúpula circular sobre una base cuadrada. Los constructores lo resolvieron mediante pechinas, unos triángulos esféricos cóncavos que trasladan el peso hacia cuatro arcos y pilares principales, reforzados a su vez por segmentos secundarios que integran una cúpula.
Para levantar los muros emplearon ladrillos livianos de arcilla traídos de Rodas y gruesas capas de una mezcla de cemento o cal, arena fina y agua, de comportamiento elástico. Estas paredes estaban pensadas para amortiguar los movimientos sísmicos habituales en la región. Sumaron además columnas de pórfido egipcio (una roca ígnea de origen volcánico) y mármol verde de Tesalia (Grecia). La cúpula principal, de treinta y un metros de diámetro y suspendida a cincuenta y seis metros de altura, se apoya sobre una corona de cuarenta ventanas, lo cual genera una ilusión óptica: toda la masa de piedra parece flotar sin sostén a la vista.



