Desde las cortes imperiales de los zares hasta la actualidad, las logias rusas ha tejido una historia de resiliencia que resulta admirable. Con figuras célebres en su historia, la hermandad —perseguida por Catalina la Grande, satanizada en la URSS y hoy tolerada en silencio— encarna el arte de navegar entre la tradición esotérica y las realidades geopolíticas. Los masones modernos practican sus antiguos rituales, alternando con gestos de lealtad al Kremlin, modo con el que evitan la etiqueta de «agentes extranjeros» y mantienen viva una fraternidad que prefiere el anonimato a la confrontación.
