mito satánico

La supuesta asociación de la masonería con el culto satánico fue el argumento principal del antimasonismo del siglo XIX, imputación que ha traído innumerables y trágicas consecuencias hasta hoy. Todavía algunas figuras públicas contemporáneas mantienen esta tesis.

El Congreso Antimasónico de Trento de 1896 formalizó esta teoría. La cuestión del satanismo ocupó la sección inicial de ese cónclave, aquella dedicada específicamente a la doctrina masónica.

No, pero sí

Los asistentes del Congreso dictaminaron que la mayoría de los miembros de los tres primeros grados de la Logia (el Aprendiz, el Compañero y el Maestro) desconocían la profunda significación de sus símbolos. Por lo tanto, dado que no estaban preparados moralmente para establecer comunicación con los espíritus o con Satanás, el Congreso no podía afirmar que la masonería ordinaria mantuviera una relación «física y sensible» con las fuerzas oscuras.

Sin embargo, desde una perspectiva moral e intelectual, el Congreso sostuvo que la asociación sí tenía un vínculo perfecto con el satanismo. Esta conclusión provenía de la creencia de que la Orden se autonombraba Dios, interpretando a esta deidad como Lucifer o el Sol, entendido como el principio de la generación material universal.

Por qué en Trento

El Congreso fue organizado por sectores católicos ultraconservadores para denunciar y combatir la masonería, asociándola a movimientos anticlericales y al satanismo. Los organizadores eligieron intencionalmente esta ubicación para invocar el espíritu de la Contrarreforma impulsada desde esa misma ciudad italiana en el siglo XVI (en respuesta a la Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero). Se sugería con ello que estaban combatiendo contra una nueva herejía moderna, dando a su lucha una resonancia histórica.

El cónclave fue convocado y organizado por la Liga Internacional Antimasónica (Roma, 1893). La persona que la dirigía fue el Príncipe Carlos de Löwestein (Karl zu Löwenstein), un prominente noble alemán y político católico. Asistieron más de treinta obispos y medio centenar de delegados episcopales, habilitados por la fuerte prédica del entonces Papa León XIII, en contra de la Orden.

Carlos María de Borbón y Austria-Este, pretendiente al trono de España, asistió al Te Deum de clausura donde se se urgió a los gobiernos europeos a combatir a la masonería, advirtiendo que de no hacerlo, esta tomaría el control de las «masas sin Dios».

La masonería sacerdotal

El Congreso continuó definiendo una «simple masonería» y afirmando que sus maestros, por sus símbolos y por las reuniones aparte que celebraban (ajenas a la participación del Aprendiz y el Compañero), podían practicar la magia si así lo deseaban, nombrándola «masonería sacerdotal». Los maestros, al alcanzar ese grado, se convertían en sacerdotes de Satanás, y la estrella flamígera del simbolismo masónico lo representaba, según su opinión.

Según explicaron los organizadores, todas las afirmaciones y conclusiones que extrajeron de esa reunión se fundamentaron en una vasta bibliografía masónica. El Congreso dispuso de este material y lo expuso públicamente.

La infundada asociación del satanismo y la masonería tuvo un éxito considerable entre los sectores políticos y religiosos más integristas. Durante gran parte del siglo siguiente, este argumento se convirtió en una herramienta para combatir, perseguir y, en ciertos momentos históricos, buscar el exterminio de muchos masones, como terminó sucediendo en diferentes gobiernos autoritarios de Europa y del resto del mundo.

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