La laicidad se presenta como un ideal moral y un valor ético que conforma el núcleo del marco político e institucional de la secularización. Su dimensión ética y filosófica descansa sobre varios pilares fundamentales.
Cada 9 de diciembre se celebra el Día Internacional del Laicismo y la Libertad de Conciencia, una fecha instituida para conmemorar la entrada en vigor, en 1905, de la ley francesa que separó el Estado de las iglesias y religiones. De este modo, este año se han cumplido 120 años de vigor de esta norma.
De la misma manera, se conmemora la aprobación en otro 9 de diciembre, pero de 1931, de la Constitución de la II República Española, que estableció la laicidad del Estado.
Aunque Naciones Unidas no ha emitido una declaración específica sobre el laicismo, el 10 de diciembre de 1948 —un día después de la fecha conmemorada como Día del Laicismo— proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo Artículo 18 consagra el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este principio es considerado el fundamento internacional del laicismo, ya que garantiza la autonomía individual frente a imposiciones religiosas o estatales.
El humanismo como matriz ética central
La esencia filosófica de la laicidad reside en el humanismo, una corriente que sitúa al ser humano y su dignidad en el centro de la ética. Más que una doctrina rígida, la laicidad constituye una ética que gobierna las relaciones entre individuos, grupos ideológicos y el Estado bajo el principio de neutralidad filosófica. Esta dignidad humana, universal e inalienable, genera valores fundamentales como la libertad de conciencia.
La laicidad garantiza este derecho a creer o no creer y a cambiar de convicción, siempre que no lesione a otros o al funcionamiento colectivo. Promueve también la igualdad de derechos y el respeto mutuo, asegurando la igualdad de todas las opciones espirituales. Finalmente, invoca la fraternidad como llamado a la comunicación sin prejuicios dentro de una sociedad libre.
Por lo que se ve, el laicismo o secularismo se encuentra completamente alineado con los principales valores de la masonería universal: libertad, igualdad, fraternidad.
La razón como fundamento universal
Filosóficamente, la laicidad surge de la razón, pues erige la racionalidad como un atributo universal de la humanidad. Esta capacidad común para razonar y dialogar fundamenta el principio de igualdad, ya que toda conciencia merece respeto y libertad.
El humanismo, refinado por el racionalismo de los siglos XVII y XVIII, celebra esta facultad humana para alcanzar el conocimiento y la ética mediante la razón y la voluntad. Esta visión proclama que el individuo, por su racionalidad, posee derechos naturales como la libertad de pensamiento, expresión y creencia.
Como se aprecia, otra vez el fenómeno es inherente a la masonería, en donde se afirma fervientemente que sus miembros deben acceder a la verdad por el sendero de la razón, y abstenerse de hacerlo por el camino de la revelación, como es la práctica de las religiones.
El ideal de emancipación y la lucha contra el dogmatismo
La laicidad opera como una fuerza de emancipación que permite a los individuos alcanzar la autonomía de juicio y el sentido crítico. La libertad republicana representa una conquista intelectual que busca la verdad mediante la razón y el espíritu crítico, alejándose de toda tutela.
Además de ser una ética, la laicidad es un combate. Se opone a toda verdad absoluta impuesta por la fuerza y rechaza las ideas totalitarias u opresivas que contradicen los derechos humanos. Exige vigilancia constante contra cualquier clericalismo, es decir, contra la voluntad de someter el Estado a la religión. Es importantísimo distinguirla del ateísmo, pues la laicidad no es antirreligiosa y, en sus fundamentos filosóficos, garantiza explícitamente la libertad de culto.
El arte de vivir juntos
La laicidad no es un dogma sino una práctica, un arte de vivir juntos. Su propósito es gestionar la pluralidad de convicciones bajo los principios del orden público en el ordenamiento jurídico liberal, nombre con el que se conocen los fundamentos normativos surgidos de la Revolución Francesa y la Declaración de la Independencia de EE.UU..
Su claridad radica en principios como:
- la neutralidad del Estado,
- la libertad de conciencia y
- la igualdad de derechos.
De todos modos, su aplicación requiere un equilibrio delicado entre apertura y firmeza. Funciona así como un principio de cohesión que puede federar las diferencias en una República unida. Para pensadores como Spinoza, solo la democracia posee los medios institucionales para garantizar la libertad de pensamiento y la neutralidad del Estado, porque permite expresar la igualdad de todos sentando así las bases filosóficas de la laicidad.
