Entregamos en este número de Parvis un ejemplar de la Constitución de York de 926, el documento al que se atribuye autoría a un rey inglés y que habría sentado las bases para la organización de los gremios de constructores más adelante.

Dice la leyenda que el primer título a los masones como cuerpo habría sido concedido en Inglaterra por el rey Athelstan, en el 926, a solicitud de su medio hermano el Príncipe Edwin (primer Grand Master de la Gran Logia de toda Inglaterra, e hijo de Eduardo el Viejo).

Según Anderson: «…el Príncipe Edwin citó a todos los Masones del reino a congregarse ante él en York, el cual concurrió y formó la Logia General, de la cual era Gran Maestro; y habiendo traído consigo todos los escritos y registros existentes, algunos en Griego, algunos en Latín, otros en Francés y en otros idiomas, de sus contenidos formuló la Asamblea, la Constitución y Preceptos de la Logia Inglesa» (sic).

Hay convicción, aunque no pruebas, acerca de que la masonería en ese país dataría del momento de esa asamblea, y se afirma que tales estatutos provienen las constituciones masónicas inglesas. El lugar de la reunión habría dado nombre a la rituálica que se designó como Rito de York Antiguo.

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Tanto la constitución referida como los supuestos hechos mencionados constituyen un tema controvertido en la historia de la masonería. Algunos escritos masónicos sugieren que ese texto legal fue un documento importante en el desarrollo de la masonería especulativa, pero su existencia real ha sido cuestionada por numerosos investigadores.

Según la tradición, en ella se establecerían las bases para la organización de los gremios de constructores en la era medieval, ya que incluye disposiciones sobre la autoridad del maestro de obra, los derechos y obligaciones de los aprendices y compañeros, así como ciertos aspectos ceremoniales y simbólicos que luego se asociarían con la masonería especulativa.

Como ya se dijo, no hay evidencia histórica sólida que respalde la afirmación de que el rey Athelstan concedió un título como cuerpo a los masones en el año 926 a solicitud de su medio hermano, el Príncipe Edwin. La masonería tal como se la conoce hoy en día tiene orígenes probados mucho más tarde, y la relación de ese monarca y la Orden está envuelta en mitos y leyendas de compleja verificación.

Si bien es importante abordar estas cuestiones con escepticismo y buscar fuentes históricas confiables para comprender tanto la evolución de la masonería a lo largo del tiempo como cualquier tema de la institución y tal vez hasta en el mundo profano, a pesar de ello el documento adjunto contiene una belleza doctrinaria por la que podría ser firmado y reconocido por cualquier iniciado de la actualidad.

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