«La masonería es una herejía que se alinea fundamentalmente con la herejía arriana. Al fin y al cabo fue precisamente Arrio quien imaginó que Jesús era un Gran Arquitecto del Universo (como la masonería considera al Ser Supremo) negando la divinidad de Cristo». Así se expresaba hace poco el titular de la Pontificia Academia de Teología, monseñor Antonio Staglianò. ¿Qué tiene esto de cierto?
La consideración de la masonería tal como lo expresa el prelado encuentra su principal sustento en los pronunciamientos de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, las cuales históricamente han señalado una incompatibilidad fundamental entre los principios masónicos y la doctrina cristiana. Sin embargo, diversos argumentos procedentes tanto de la autodefinición de la Orden, como de análisis filosóficos e históricos, matizan e incluso rechazan esta clasificación. Este debate enfrenta una postura dogmática con una institución que profesa el adogmatismo, situando a la fraternidad en un complejo cruce entre la fe revelada y la libertad de conciencia.
Arrio fue un presbítero cristiano de Alejandría (circa 256-336 d.C.) que se hizo famoso por originar una de las controversias teológicas más significativas en la historia del cristianismo primitivo: el arrianismo.
Doctrina abolida
Su doctrina central, considerada herética por la Iglesia oficial, negaba la divinidad consustancial y coeterna de Jesucristo con Dios Padre. Arrio afirmaba que el Hijo (Logos, Jesucristo) era una creación de Dios Padre, la primera y más excelsa de todas las criaturas, pero no era eterno ni tenía la misma naturaleza divina que el Padre.
La predicación del sacerdote generó un enorme conflicto teológico y político que amenazó con dividir el Imperio Romano. Para resolverlo, el emperador Constantino convocó el Primer Concilio Ecuménico en Nicea en el año 325.
En este concilio, las tesis de Arrio fueron condenadas y se estableció el Credo de Nicea, que afirmó dogmáticamente que el Hijo es «consustancial [homoousios] al Padre», es decir, de la misma naturaleza divina, y «engendrado, no creado». Esta definición se convirtió en la piedra angular de la ortodoxia cristiana sobre la Santísima Trinidad.
La condena eclesiástica
Las autoridades eclesiásticas sostienen un juicio negativo inalterado sobre las asociaciones masónicas, considerando sus principios como irreconciliables con la doctrina de la Iglesia. La pertenencia a la masonería implica para un católico un estado de pecado grave, que le impide recibir ciertos sacramentos. El principal obstáculo para la coincidencia es la visión de la divinidad como fruto del razonamiento humano, perspectiva que contrasta con el Dios de la Revelación cristiana.
Documentos como la encíclica Humanum genus de León XIII ya identificaban en la masonería un naturalismo que conduce al deísmo y al gnosticismo. La acusaba de promover un relativismo religioso que equipara todos los cultos, fomentando la indiferencia, asunto que molestaba al Vaticano. Además, estudia misterios revelados solo a iniciados, a diferencia del misterio cristiano revelado a toda la humanidad. Diversos documentos pontificios han señalado que en su seno se desarrollan tramas de poder oculto en «contradicción con la acción cristiana», conclusión a la que se arribaría mirando para otro lado respecto de conductas reprochables dentro de sus propias estructuras.
Vínculos con corrientes heréticas
Algunas fuentes académicas y masónicas vinculan a la fraternidad con el gnosticismo histórico, una corriente considerada herética por la Iglesia primitiva. Autores clasifican a los francmasones entre los gnósticos y rastrean sus orígenes en figuras como Simón el Mago, una figura de síntesis en los escritos cristianos primitivos, considerada tanto por la historia eclesiástica como por la tradición heterodoxa como el padre de todas las herejías.
Se ha sugerido que la auténtica religión de la masonería es la Gnosis, definida por Menéndez Pelayo como la herejía más peligrosa por fundarse en el orgullo humano. Los rosacruces, señalados en algunos escritos como precursores de la masonería, asientan sus raíces en el gnosticismo y el hermetismo.
La Iglesia Ortodoxa Rusa condenó oficialmente a la masonería en 1822 por sus creencias deístas y su énfasis en un dios universal que contradice la comprensión trinitaria. La asamblea episcopal de Grecia la calificó en 1933 como una religión idólatra heredera de los antiguos misterios. Estas condenas reflejan una preocupación por el sincretismo -confluencia de símbolos y mitos de diverso origen- y el secretismo que caracterizan a la institución.
La autodefinición masónica
Frente a estas acusaciones, la masonería se autodefine como una fraternidad filosófica y adogmática, no como una religión. Institucionalmente no asume ningún dogma, dejando las ideas metafísicas al dominio exclusivo de la apreciación individual de sus miembros. Las corrientes liberales y progresistas defienden la libertad absoluta de conciencia, permitiendo a un obrero creer o no en un dios creador y practicar o no cualquier religión. La orden acepta individuos de diferentes creencias, siempre que respeten sus principios, y se presenta como un centro de unión para conciliar la fraternidad entre personas diversas.
En estas masonerías, la búsqueda de la verdad se fundamenta en la razón, la experiencia y la ciencia, como alternativas a la religión. Este enfoque privilegia el desarrollo moral y el perfeccionamiento individual sobre cualquier definición doctrinal. La logia opera así como un taller de construcción simbólica donde conviven múltiples perspectivas espirituales.
Diferenciación conceptual
Respecto al gnosticismo, las fuentes señalan diferencias sustanciales. Mientras el gnosticismo busca el conocimiento espiritual mediante la experiencia directa, la masonería se centra en el desarrollo personal y moral a través de rituales y en la construcción simbólica de edificios, basándose más en la tradición y la estructura organizativa. Algunos masones adoptan posiciones agnósticas, entendiendo el agnosticismo como la antítesis del gnosticismo histórico al sostener la imposibilidad de alcanzar un conocimiento absoluto en materia filosófico-religiosa.
Se argumenta que la masonería moderna emplea solo algunos adornos y principios ocultos generales, funcionando principalmente como una institución social y benéfica. En especial en los países anglosajones, donde ha adquirido casi un formato mutual o de asistencia pública.
Respecto a la acusación de deísmo, algunos autores defienden que la exaltación al Gran Arquitecto del Universo representa una tendencia deísta racional que afirma una razón universal impersonal, y consideran equivocado atacar a los masones por este concepto.
Finalmente, un experto matiza que la acusación de gnosticismo solo podría ser justa en la medida en que la orden defendiera una religión perenne basada en una revelación inmanente, pero solo en el contexto de que en la fraternidad, en algunas obediencias más que en otras, no se puede discutir de religión.
