El deísmo funciona como el cimiento espiritual sobre el que se sostiene la masonería en casi la totalidad de sus versiones rituálicas. La institución no profesa una religión en el sentido convencional del término, pero ha construido su edificio simbólico sobre la creencia en un Ser Supremo, autor y conservador de todas las cosas, al que sus manuales identifican como el Gran Arquitecto del Universo. Esa fórmula permitió reunir bajo un mismo techo a hombres de credos distintos sin exigirles renunciar a sus convicciones particulares, y explica por qué el deísmo se volvió, desde los orígenes de la Orden, el lazo doctrinal que sostiene su pretensión de universalidad.
El deísmo se define como la creencia en un único Dios verdadero, sin las ataduras de los dogmas particulares que las religiones reveladas fueron incorporando con el tiempo. Los manuales masónicos lo sitúan en las antípodas del ateísmo, argumentando que negar la existencia de la divinidad resulta tan incompatible con el espíritu de la Orden como la conducta inmoral.
Sin embargo, también es cierto que tales reglas han cedido espacio para la admisión de personas alejadas de cualquier convicción religiosa, como lo demuestra la estadística y la realidad de obediencias inscritas bajo la denominación de «liberales y adogmáticas», como el Gran Oriente de Francia entre las principales.
Volviendo al deísmo y la masonería, esta tradición se trata de una religión natural, apoyada en la evidencia y en la razón, que prescinde de la superstición y de los dogmas místicos introducidos por las religiones positivas.
Orígenes de la concepción del deísmo
Esta orientación filosófica se remonta a los antiguos misterios, cuya doctrina reunía a sabios en torno a la adoración de un Dios eterno, alejados de la idolatría del pueblo llano. La masonería se reconoce heredera de ese impulso y se presenta, en sus propios textos, como la esencia común de todas las religiones más que como una religión en sí misma. De ahí se deriva su indiferencia frente al culto externo: cada persona conserva la libertad de adorar al Ser Supremo bajo la forma que le resulte propia, mientras la Orden concentra su exigencia en la moral y en la virtud como verdadero fundamento religioso.
La razón ocupa en este esquema un lugar central. Se la describe como un destello divino que el hombre recibe para descubrir por sí mismo las leyes del universo y regular sus acciones, en lugar de recibirlas impuestas desde una autoridad teológica externa. Esa confianza en la inteligencia humana como vía de acceso a la verdad distingue al deísmo de otras corrientes religiosas y explica su afinidad con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII.
El grado catorce del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, conocido como Gran Elegido Perfecto y Sublime Masón, condensa esa tensión particular: su argumento se califica como «deísta judío» y gira en torno a la revelación del nombre de Dios a Moisés en la zarza ardiente, ligando así una figura bíblica concreta a un desarrollo filosófico de alcance universal.
Voltaire y la consagración filosófica del deísmo
Ningún nombre asociado al deísmo masónico circula con la frecuencia de Voltaire. Su formación en esa corriente tiene un origen bien documentado: durante su estancia en Inglaterra entró en contacto con las teorías de Newton y la metafísica de Locke. Pero, de manera particular, accedió a las ideas del deísmo de Henry St John, vizconde de Bolingbroke, cuya influencia le aportó las primeras nociones liberales que luego desarrollaría en su obra. Los biógrafos de la época sostienen que sus creencias religiosas se inclinaron cada vez más hacia el deísmo con el paso de los años: rechazaba el cristianismo dogmático y lo que llamaba fanatismo, pero conservaba los principios de una religión natural centrada en la existencia de un Creador.
Bolingbroke fue un líder político destacado a comienzos del siglo XVIII y secretario de Estado de la reina Ana, que produjo una influencia de fondo en las ideas de Voltaire. El noble inglés, tras la llegada de los Hannover al trono, fue acusado de conspirar con los jacobitas y tuvo que exiliarse a Francia. En su obra The Idea of a Patriot King (La idea de un rey patriota) propuso un líder por encima de las facciones. Sus escritos influyeron notablemente en Voltaire, pero también en Montesquieu y en los redactores de la Constitución de los Estados Unidos.
Voltaire masón
El vínculo formal de Voltaire con la masonería llegó tarde, en 1778, cuando fue iniciado en la logia parisina de las Nueve Hermanas con Benjamín Franklin como padrino. El propio pensador reconoció entonces que las doctrinas masónicas coincidían con las ideas que había defendido y difundido durante toda su vida pública. Esa coincidencia lo convirtió, a ojos de la tradición masónica, en el exponente filosófico por excelencia del deísmo ilustrado: un defensor de la libertad de pensamiento y de la tolerancia frente al despotismo político y religioso de su tiempo.
El reconocimiento institucional llegó después de su muerte, cuando la Asamblea Nacional francesa decretó el traslado de sus restos al Panteón. Las inscripciones grabadas en su sarcófago lo presentan como quien reivindicó la libertad de pensar y escribir, y como una figura que inspiró la tolerancia frente al fanatismo. La masonería adoptó esa imagen como propia, y los relatos históricos de la Orden lo mencionan como modelo del espíritu de su siglo.
El teísmo como variante dentro del universo masónico
Junto al deísmo, algunos sistemas masónicos desarrollaron una lectura distinta de la relación entre Dios y el hombre, agrupada bajo el nombre de teísmo. El caso más citado es el del Rito de Misraim, que profesa una postura que, sin renunciar a cierta libertad de pensamiento, se acerca de manera más directa a la revelación bíblica y a la tradición judaica.
Mientras el deísmo concibe a Dios sobre todo como un legislador que traza leyes naturales y deja al hombre la tarea de descubrirlas mediante la razón, el teísmo subraya la presencia constante y activa de la divinidad en el mundo. En esa lectura, Dios habita el universo como el alma habita el cuerpo, y su nombre sagrado se interpreta como una síntesis de todos los tiempos: la sílaba que remite al pasado, la que designa el presente y la que anuncia el futuro se combinan para expresar un ser que ha sido, es y será. Dios aparece así como centro de todas las cosas, en torno al cual se ordenan los demás seres.
La diferencia entre ambas corrientes no equivale a una jerarquía de valor entre ritos, sino a dos maneras de interpretar el mismo principio fundacional. En el deísmo, la verdad se presenta como una conquista de la inteligencia y de la conducta moral del iniciado, que mide sus acciones con la línea de la justicia y construye su propio destino. En el teísmo, la verdad se vincula más estrechamente al testimonio divino y a la revelación. Ambas variantes conviven dentro del universo masónico como expresiones distintas de una misma pregunta: qué lugar ocupan Dios y la razón humana en la construcción moral del individuo.
