La decisión de Argelia de buscar que un tribunal condene a Francia por crímenes coloniales volvió a poner sobre la mesa una pregunta que distintas obediencias masónicas vienen postergando desde hace años: qué papel jugaron las logias en la expansión imperial europea y si corresponde algún tipo de reconocimiento institucional por ello. La cuestión no admite una respuesta simple, porque instituciones que se definen a sí mismas a partir de ideales de libertad y fraternidad universal, convivieron durante siglos con miembros que ocuparon cargos centrales en la administración colonial y que defendieron públicamente la dominación de otros pueblos.
El mismo ideario que impulsó a buena parte de los revolucionarios sudamericanos en sus luchas independentistas circuló también entre políticos europeos que sostuvieron el proyecto colonial. En Francia, el caso más citado es el de Jules Ferry (primer ministro 1880/81 y también 1883/85), masón y varias veces jefe de gobierno, quien en 1885 llegó a declarar ante la Cámara de Diputados que «las razas superiores tienen un derecho frente a las razas inferiores».
Otros nombres vinculados a la política colonial francesa, como Félix Faure (presidente 1895/99), Gastón Doumergue (presidente 1924/31) y Émile Combes (primer ministro 1902/05), también pertenecieron a la Orden. Estas trayectorias conviven, dentro de la misma historia masónica, con la de logias y militantes que se opusieron abiertamente a la colonización.
La diversidad de posiciones complica cualquier respuesta uniforme. Junto a figuras que respaldaron la expansión colonial hubo logias y masones que se pronunciaron por la independencia de los territorios colonizados, lo que vuelve difícil trazar una línea institucional única.
La fractura interna durante la guerra de Argelia
Ese contraste se hizo especialmente visible durante el proceso de independencia argelina. En el seno del Gran Oriente de Francia, la principal obediencia del país, coexistieron posiciones enfrentadas: algunas logias respaldaban la permanencia de la «Argelia francesa», mientras otras defendían el derecho a la independencia. Los masones de mayor trayectoria en la orden todavía recuerdan esa división como uno de los episodios más tensos de la vida institucional del siglo XX.
Estas posiciones contrapuestas han sido puestas en evidencia hace pocos días en el portal 450.fm, en una muy interesante nota titulada La Franc-maçonnerie et le colonialisme : Le temps n’est-il pas venu de faire acte de repentance ? (La masonería y el colonialismo: ¿No es hora de arrepentirse?), de autoría de nuestro conocido y admirado Alain Bréant.
Elementos conceptuales que alimentaron la defensa colonial
Ningún ritual fundacional de la masonería, como el rito de Emulación (el corpus principal de la masonería inglesa), incluye referencias que respalden una concepción colonialista de las relaciones entre pueblos. Sin embargo, ciertos componentes del espectro masónico ofrecieron un terreno propicio para esa lectura. El carácter cristiano de las Constituciones de Anderson, la defensa de las cruzadas presente en algunos rituales de altos grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y una idea pseudorrepublicana según la cual ciertos pueblos debían ser «emancipados» por otros funcionaron, en distintos momentos, como justificaciones conceptuales de la expansión imperial.
La masonería británica como engranaje del imperio
El caso británico presenta una dinámica diferente. Por ejemplo, la Orden llegó a India en 1730 de la mano de agentes de la Compañía de las Indias Orientales, y la primera logia establecida en Calcuta, llamada East India Arms, adoptó incluso el escudo de la compañía en su estandarte. Las logias funcionaron allí como un entramado que conectaba a comerciantes, marinos y administradores, facilitando su integración en un territorio distante de la metrópoli. Los rituales de colocación de piedras fundacionales se transformaron en espectáculos públicos, con procesiones y uniformes militares, pensados para proyectar una imagen de orden y autoridad ante la población local.
A partir de la rebelión de 1857, las logias británicas en India comenzaron a admitir a príncipes y élites originarias, en un gesto que solía funcionar como recompensa por la lealtad a la Corona y que se sumaba a distinciones imperiales como la Estrella de la India. Para sostener la idea de una fraternidad universal que trascendiera las diferencias religiosas, los altares incorporaron junto a la Biblia otros textos sagrados, como el Corán, los Vedas y el Zend Avesta. Hacia fines del siglo XIX surgieron además logias dedicadas específicamente al culto imperial, como Empire Lodge o Empress Lodge, cuyas joyas rituales imitaban medallas del imperio.
Los Vedas y el Zend Avesta son los corpus de textos sagrados más antiguos de las tradiciones indoiranias, escritos en lenguas estrechamente emparentadas, que comparten raíces lingüísticas, métricas poéticas y deidades comunes, pero evolucionaron hacia visiones teológicas e históricas diferentes.
Los certificados masónicos como herramienta comercial
Más allá del plano simbólico, la pertenencia a la orden cumplió una función práctica concreta incluso para el comercio imperial. El certificado masónico actuaba como una suerte de documento de reconocimiento inmediato: permitía a un mercader ser identificado como parte de la fraternidad en cualquier puerto de la red imperial y acceder así a vínculos de confianza y a información comercial relevante. Esa utilidad llevó a que muchos viajeros se iniciaran apresuradamente antes de partir hacia India, una práctica que en 1784 generó quejas de las autoridades masónicas locales, que denunciaban la llegada de portadores de certificados prácticamente desconocidos dentro de la institución.
Las obediencias de todo el mundo todavía otorgan pasaportes masónicos, con los cuales el portador debería ser recibido fraternalmente en todas las logias que se encuentran hermanadas, más allá de las obediencias en las que están constituidas.
Un debate abierto y sin resolución institucional
En 2001, distintas obediencias realizaron un acto formal de reconocimiento vinculado a la esclavitud. Las principales instituciones de Francia —entre ellas el Gran Oriente y la Gran Logia de Francia— emitieron una declaración conjunta para reconocer y condenar de forma oficial el papel que desempeñaron algunos de sus miembros en el comercio de esclavos durante los siglos XVIII y XIX.
La declaración coincidió con la aprobación en Francia de la Ley Taubira, que tipificó la esclavitud como crimen contra la humanidad, y con la Conferencia Mundial contra el Racismo en Durban.
En el documento, las logias reconocieron que varios de sus integrantes en puertos negreros como Burdeos, Nantes y El Havre financiaron el tráfico de personas o poseyeron plantaciones coloniales. La representación masónica admitió la contradicción de defender el discurso de Libertad, Igualdad y Fraternidad mientras sus miembros participaban en la explotación de la población africana, al tiempo que recordó la figura de masones abolicionistas como Victor Schœlcher, un político francés de los más fervientes abolicionistas y promotor del decreto de abolición de 1848.
Volviendo al presente
Ese antecedente alimenta hoy la discusión sobre si corresponde un gesto equivalente respecto del colonialismo. El propio Alain Bréant, autor del artículo que reabrió esta discusión, se pregunta si ha llegado el momento de exponer con claridad los errores del pasado o si conviene mantener silencio sobre ellos, una disyuntiva que resume bien la incomodidad que el tema estaría generando en algunas conciencias.
Algunos sectores sostienen que reconocer las «errancias del pasado» es indispensable para que el mensaje de fraternidad universal conserve credibilidad en el presente; otros prefieren remitir la cuestión al terreno de la investigación histórica antes que al de la declaración institucional. Por ahora, la masonería europea sigue conviviendo con esa tensión sin resolver.
