Una vivencia que excede el mero juego de rol o la adopción de una estética particular; se está presentando como una dimensión profunda del yo que sitúa la identidad de algunas personas en un plano ajeno al de su biología molecular. Con ello se ha condimentado un panorama de las identidades individuales con el surgimiento de fenómenos que vienen desafiando las nociones tradicionales de la antropología y la sociología. Entre estas manifestaciones destaca el therianismo, una corriente en la que diversos individuos afirman que su esencia interna o espiritual no se corresponde con la especie humana, sino con la de un animal específico, denominado theriotipo.
Desde una perspectiva analítica, este hecho interroga directamente los límites de la autonomía individual y plantea interrogantes complejos sobre la configuración del sujeto en la actualidad.
Fronteras de la autonomía subjetiva
La adscripción a una identidad no humana se manifiesta como una expresión extrema del derecho a la autodefinición. En un contexto social caracterizado por la fragmentación de los grandes relatos y la pérdida de referentes institucionales estables, la construcción de la identidad se encuentra desplazada hacia el interior del sujeto. El cuerpo biológico empieza a ser percibido por estos sectores como un asunto contingente —que puede tener existencia real o no—, mientras que la autenticidad se posiciona en una dimensión psíquica o espiritual autoconstruida.
Este fenómeno establece una tensión directa con los postulados del humanismo y las tradiciones filosóficas de Occidente, las cuales han fundamentado históricamente la dignidad y los derechos en la especificidad de la naturaleza humana. La posibilidad de reclamar una esencia ajena a la propia especie introduce un debate sobre si la libertad individual debe reconocer la facultad de disolver los lazos con la propia categoría antropológica.
De esta manera ha visualizado el fenómeno Jesús Lozano Pino, columnista de religiondigital.org, quien explica sus puntos de vista y reflexiones en un artículo titulado ¿Hacia una ‘deshumanización’ voluntaria? La identidad therian y el dilema de la libertad individual.
Naturaleza humana y masonería
¿Quién no se ha visto impulsado a meditar acerca del tema? ¿Y quién no ha emitido alguna opinión, dura o contemplativa, acerca de un fenómeno que ocupó la atención de los medios de comunicación y que llegó a tener manifestaciones públicas notorias hasta hace poco tiempo?
En el contexto de la francmasonería —o sea, desde la perspectiva de PARVÍS—, la naturaleza humana se define como una dualidad en constante tensión entre lo material y lo espiritual, mientras que la condición masónica representa el estado de perfeccionamiento que el individuo alcanza al armonizar estas fuerzas mediante la razón y la virtud.
La unión entre la naturaleza humana y la masonería se resume en el concepto de perfectibilidad. La masonería se define como la «ciencia del progreso moral», asumiendo que la especie humana es susceptible de un mejoramiento indefinido. Así, el masón es aquel que toma su naturaleza original (la «piedra tosca») y, mediante el trabajo en el taller, la instruye en las ciencias y las virtudes para convertirla en un material digno de la edificación del «Templo universal de la Sociedad».
Por todo esto, a simple vista pareciera que el therianismo transita a contramano de los más puros conceptos de la Orden. Pero con mente abierta, se puede tal vez visualizar el padecimiento de algunos espíritus que se han conducido a rebajar su condición natural, adoptando comportamientos de seres de racionalidad inferior.
Divergencias conceptuales y crisis de la objetividad
El análisis del therianismo —sostiene el autor— revela una colisión fundamental entre dos modelos de entender la realidad: aquel basado en hechos fácticos y estructuras biológicas objetivas, y aquel fundamentado en la primacía de la experiencia interior y la verdad subjetiva. Quienes observan con preocupación este desplazamiento argumentan que la disolución de los criterios materiales comunes debilita el suelo científico y social sobre el que se asienta la civilización.
La transformación de la identidad en un «constructo puramente volitivo o perceptivo» genera interrogantes sobre la viabilidad de los consensos colectivos. No obstante, desde enfoques sociológicos alternativos, esta búsqueda no se interpreta necesariamente como un quiebre patológico, sino como una respuesta adaptativa ante los desafíos de habitar espacios urbanos e hiperconectados que aíslan al individuo de los entornos naturales y de formas de trascendencia tradicionales.
El entramado de las mutaciones identitarias
Este fenómeno no se presenta de forma aislada, sino que estaría coexistiendo y convergiendo con otras corrientes contemporáneas que tensionan las fronteras tradicionales de lo humano.
Por un lado, el transhumanismo busca la superación de las limitaciones biológicas a través de la integración tecnológica y la convergencia digital, apuntando hacia la máquina. Por otro lado, los debates sobre la fluidez de género y la deconstrucción de las categorías binarias demuestran una tendencia generalizada a revisar los determinismos biológicos en favor de la autopercepción.
Asimismo —argumenta Lozano Pino—, ciertas perspectivas vinculadas a la neurodiversidad sugieren que el refugio en identidades no humanas puede operar como un mecanismo para procesar realidades sociales hostiles o abrumadoras. Cada una de estas manifestaciones, desde sus respectivos campos, comparte la premisa de que la condición humana recibida y portada por los individuos es un límite modificable o superable.
Cohesión social y el riesgo de la anomia
La transición de una ética del deber y de la adecuación a un orden natural o divino hacia una ética de la autenticidad radical plantea desafíos estructurales para las sociedades contemporáneas. La flexibilización extrema de las normas colectivas puede derivar en escenarios de anomia —escenarios donde no hay normas ni leyes que regulen el comportamiento—, donde la ausencia de marcos de referencia compartidos deja al individuo ante un universo de opciones infinitas pero desprovistas de anclaje comunitario.
El riesgo latente en la atomización de identidades fragmentadas es la dilución de una base compartida de derechos y responsabilidades. La antropología filosófica se enfrenta así —sostiene el columnista— a la tarea de examinar si la desconexión con la propia corporalidad y el entorno constituye una nueva forma de alienación o si, por el contrario, representa un intento desesperado por restablecer un vínculo sagrado y armónico con el conjunto de la creación biológica.
