Charles Darwin revolucionó el pensamiento ético en 1871 al proponer que la moralidad humana emana de la biología evolutiva y no de mandatos religiosos o metafísicos. Mediante su obra El origen del hombre, el naturalista británico situó la génesis del bien y el mal en la historia natural, definiendo la conciencia como una capacidad intrínseca de la especie humana. Este enfoque naturalista sostiene que los instintos sociales, como la simpatía y el afecto, constituyen ventajas adaptativas que favorecieron la supervivencia de los grupos más cooperativos frente a los individuos egoístas.
El planteamiento de Darwin explica la transición del instinto a la conciencia mediante el desarrollo de las facultades intelectuales, permitiendo al ser humano reflexionar sobre sus actos y experimentar remordimiento. Esta arquitectura biológica facilitó la expansión del círculo de simpatía, que evolucionó desde la protección de la tribu hasta alcanzar un compromiso ético universal con toda la humanidad y otras especies que experimentan sentimientos.
Al humanizar la ética, Darwin desafió nociones dogmáticas sobre una perfección perdida, estableciendo que la moralidad es un mecanismo del pensamiento orientado al bienestar colectivo. Para él, este es el fundamento de la ética moderna, donde la ciencia y la razón se unen para analizar los estándares de conducta en un mundo gobernado por la selección natural.
Méritos de la fuente
Estos conceptos están contenidos en un artículo escrito en francés por la profesora Solange Sudarskis para 450.fm, titulado Théorie de l’Évolution, regards croisés entre éthique et science (Teoría de la evolución: perspectivas cruzadas entre la ética y la ciencia). Este resumen está basado principalmente en las líneas de pensamiento contenidas en esa nota, matizado con pequeñas semblanzas de cosecha propia. Sudarskis es autora de varios libros, entre ellos el Diccionario errante del pensamiento masónico, ganador del premio literario 2017 del Instituto Masónico de Francia, en la categoría de Ensayos y Simbolismo. Fue iniciada en Le Droit Humain en 1977.
La autora sostiene que los avances en biología y genética transforman constantemente la comprensión humana sobre el mundo vivo. Este fenómeno supera en relevancia a la exploración sobre cómo la teoría de la evolución influye en el pensamiento ético. Charles Darwin sentó las bases de un profundo debate filosófico sobre el origen de la moralidad mediante la publicación de El origen de las especies en 1859. Esta obra representó mucho más que una revolución biológica para la ciencia moderna.
Méritos del investigador
Charles Darwin (1809-1882) fue un naturalista de origen británico cuya propuesta sobre la selección natural transformó la ciencia y la percepción del lugar que ocupa la humanidad en el cosmos. Tras un viaje de cinco años, donde recolectó una vasta cantidad de especímenes y en el cual realizó observaciones geológicas, desarrolló la teoría de que todas las especies de seres vivos evolucionan a través de un proceso de descendencia con modificación.
En 1859, publicó El origen de las especies, una obra que rebatió las creencias creacionistas al demostrar que la diversidad biológica surge de variaciones aleatorias y por la supervivencia de los organismos mejor adaptados. En obras posteriores como El origen del hombre, exploró las raíces biológicas de las emociones y la moralidad, integrando de pleno al ser humano en el reino animal.
Los cimientos del pensamiento evolutivo
El concepto de evolución surgió en el siglo XIX bajo la influencia de Charles Darwin, aunque sus raíces alcanzan a pensadores anteriores como Herbert Spencer. Este filósofo y sociólogo también británico desarrolló una teoría donde la evolución trasciende lo biológico para alcanzar a la sociedad humana. Spencer popularizó la expresión sobre la supervivencia del más apto y defendió que las sociedades transitan naturalmente desde estados simples hacia estructuras complejas.
Dentro de este marco, las normas morales aparecen como resultados naturales del proceso de la evolución. Las sociedades progresan hacia la cooperación y el altruismo porque estos rasgos aseguran la supervivencia del grupo. El evolucionismo social de Spencer justifica el progreso moral a través de la competencia, aunque diversos autores critican su determinismo y la validación de las desigualdades sociales.
Desde el ángulo de la masonería
La ética masónica se fundamenta en los principios eternos de la ley natural, considerados pilares inmutables que buscan el perfeccionamiento constante de la humanidad. Según el pensamiento recogido por Frau Abrines en su extenso Diccionario enciclopédico de la masonería, el origen de esta moralidad universal reside en el uso de la razón y la inteligencia para descubrir lo que es verdadero y bueno. En este marco, el francmasón actúa como un filósofo práctico cuyas acciones están reguladas por la Razón, entendida como un destello divino que guía la conducta humana hacia la virtud y el cumplimiento del deber.
Esta «ciencia del progreso moral» se apoya además en una fe profunda en sus dogmas fundamentales y en un sistema simbólico de una herencia que se pierde en el tiempo. La tradición masónica utiliza emblemas e imágenes, con raíces que alcanzan a las más antiguas civilizaciones, para transmitir verdades luminosas que conducen al conocimiento exacto de la moral. Al combinar la observación de la naturaleza con el estudio de sus símbolos tradicionales, la institución fomenta el culto a la simpatía y la práctica de las virtudes, consolidando una ética que emana de la sabiduría histórica y el rigor intelectual.
La perspectiva de Darwin y la moral humana
Darwin fundamentó la moral en la biología de manera más profunda que sus contemporáneos. Su teoría de la selección natural explica la diversidad de las especies a través de variaciones aleatorias que otorgan ventajas reproductivas. En su obra El origen del hombre, Darwin sostiene que los sentimientos morales humanos derivan de instintos sociales heredados de los animales.
La moralidad evoluciona mediante cuatro etapas fundamentales. Primero aparecen los instintos sociales básicos que fomentan la cohesión. Después, el intelecto permite reflexionar sobre las acciones y experimentar remordimiento. El lenguaje y los hábitos sociales propagan posteriormente las normas mediante la educación. Finalmente, la empatía se extiende desde el círculo familiar hasta alcanzar a toda la humanidad. Darwin enfatizó la cooperación y la compasión como motores del progreso moral.
Otros desarrollos científicos del siglo XX
A partir de sus predecesores, otros científicos que vinieron después fueron agregando sus conclusiones para alimentar toda una corriente de pensamiento que se resume aquí:
- William D. Hamilton (El matemático del cariño): Enseñó que el amor al prójimo tiene truco contable. Según su fórmula rB > C (Coeficiente de parentesco por Beneficio, mayor que el Costo) , una persona es capaz de saltar al fuego por dos hermanos u ocho primos, siempre que el beneficio genético supere el costo del heroísmo. ¡Puro cálculo de ADN!
- Robert Trivers (El rey del «hoy por ti, mañana por mí»): Introdujo el altruismo recíproco. Básicamente, explica por qué se ayuda a desconocidos: no es solo bondad, es una inversión a largo plazo por si algún día necesitamos que devuelvan el favor.
- Edward O. Wilson (El arquitecto de la Sociobiología): Postuló que las normas morales son adaptaciones moldeadas por la evolución para facilitar la convivencia. Además, acuñó el término «biofilia», sugiriendo que la conexión con la naturaleza es una herencia biológica que hoy resulta vital para proteger el planeta.
- George Edward Moore (El árbitro de la lógica): Sacó tarjeta roja con su «falacia naturalista». Recordó a todo el mundo que porque algo ocurra en la naturaleza (el «ser»), no significa automáticamente que sea bueno o que deba hacerse (el «deber ser»).
- Francis Galton (El pariente polémico): El primo de Darwin que llevó las cosas demasiado lejos con la eugenesia. Su historia sirve como recordatorio de que interpretar la evolución de forma retorcida puede justificar desastres sociales.
- Alvin Plantinga (El escéptico de la mente): Lanzó un dardo filosófico: si el cerebro humano evolucionó solo para sobrevivir y no para encontrar la verdad, ¿por qué se debería confiar en lo que se interpreta actualmente sobre la propia evolución?
- Jonathan Haidt (El detective de sesgos): Explicó que el cerebro viene con «ajustes de fábrica» como el tribalismo. Su aporte es clave para entender por qué las personas se pelean tanto por política y cómo la razón puede ayudar a salir de esa cueva.
- Peter Singer (El defensor de todas las especies): Tomó el círculo de empatía de Darwin y lo estiró tanto que incluyó a todos los animales sintientes. Para él, el sufrimiento no entiende de especies, solo de biología.
