Un enigma que por 136 años ha mantenido ocupados a criminólogos y amantes del misterio podría estar cerca de su fin. Descendientes de una de las cinco víctimas oficiales del mítico asesino apodado Jack el Destripador, presentaron hace poco una solicitud formal ante tribunales británicos para reabrir la investigación, respaldados por nuevas pruebas de ADN que vinculan un inmigrante polaco perteneciente a una logia masónica que reunía a feligreses judíos.
La nueva pista: un chal y el rastro genético
El eje de la petición es un chal de seda hallado junto al cuerpo mutilado de la víctima Catherine Eddowes en el barrio londinense de Whitechapel. Comprado en 2007 por el investigador Russell Edwards, el tejido —manchado con lo que parecía sangre seca— fue sometido a análisis forenses de última generación. Los resultados, según Edwards, son concluyentes: «El ADN coincide con el del polaco Aaron Kosminski y con muestras de los familiares vivos de Catherine. Es la evidencia que la policía victoriana nunca tuvo».
Con ello podría trazarse una relación de esa persona con los crímenes, sucedidos a fines del siglo XIX en Londres.
El barbero que murió en el manicomio
Aaron Kosminski, un barbero judío de 23 años, llegó a Londres en 1882 procedente de Polonia. Aunque fue señalado por la policía como sospechoso principal —archivos secretos lo describen con «odio patológico hacia las prostitutas»—, nunca fue arrestado por falta de pruebas. Su historial incluye un ingreso en 1890 a un hospital psiquiátrico, donde permaneció hasta su muerte en 1919, encierro al que fue sometido luego de amenazar a su hermana con un cuchillo.
La sombra de los masones
El caso toma un giro novelesco con la revelación de fotografías inéditas que muestran a Isaac, hermano de Aaron, usando el mandil ceremonial de la Logia de los Masones de Israel. Edwards sostiene que esta sociedad secreta protegió al asesino: «Los cortes rituales en las víctimas coinciden con juramentos masónicos. Temían que el escándalo alimentara el antisemitismo en Londres».
Una teoría tan aventurada como surgida de la ignorancia acerca de los rituales y los objetivos de la Orden.
Arte y verdad
La película From Hell (2001), basada en la novela gráfica de Alan Moore, ya había abordado el tema en forma similar, reinterpretando los crímenes de Jack el Destripador. Johnny Depp como el inspector Frederick Abberline, representa a un detective atormentado por visiones psíquicas y adicción al opio, que investiga los asesinatos de prostitutas en Whitechapel.
A medida que profundiza, descubre una conspiración que involucra a la realeza británica y la masonería, vinculada al encubrimiento de un escándalo de bastardos reales. La trama mezcla ficción con elementos históricos, sugiriendo que los crímenes fueron rituales masónicos para proteger intereses políticos.
Todavía es posible verla desde algunas plataformas de streaming.
Voces de las víctimas
Volviendo al presente. Karen Miller, tataranieta de Eddowes, rompió el silencio en una emotiva declaración: «Jack se convirtió en leyenda, pero Catherine fue una mujer real que murió sin justicia. Hoy tenemos herramientas para nombrar a su verdugo ante un tribunal». La familia Kosminski, por su parte, no ha comentado el caso, aunque archivos familiares obtenidos por este diario confirman que Aaron sufría alucinaciones y hablaba de «limpiar las calles de pecado».
Los asesinatos de Whitechapel —con gargantas cortadas y órganos extraídos— no solo aterrorizaron el Londres victoriano, sino que expusieron la miseria de un barrio donde miles de inmigrantes vivían hacinados. Entre las decenas de teorías, la mayoría de expertos coinciden ahora en que Kosminski encaja en el perfil psicológico y geográfico del asesino.
De prosperar la solicitud, sería el primer caso en la historia británica donde pruebas genéticas se usan para «condenar simbólicamente» a un sospechoso fallecido. Para los familiares, sin embargo, el objetivo es más simple: «Que Catherine deje de ser una nota al pie en la leyenda de Jack», concluye Miller.
Fuente: perfil.com con agregados de Parvis.

