La masonería experimentó una transformación de fondo, desde sus orígenes en las corporaciones de albañiles medievales británicas del siglo XVII. Inicialmente operativas, las logias comenzaron a admitir miembros ajenos al gremio (como nobles e intelectuales), transformándose en sociedades de pensamiento. Figuras como Elías Ashmole (1646) y personalidades ilustradas del siglo XVIII (Voltaire, Montesquieu) marcaron esta transición, desplazando el simbolismo ritualístico hacia lo intelectual. De este modo, lo caracteriza el prominente masón Robert Ambelain.
En el siglo XVIII, el escepticismo y materialismo de la época —especialmente en Francia— cambiaron (¿degradaron?) el carácter espiritual de la masonería. Esto impulsó la creación de ritos más complejos (como los «grados de venganza») para contrarrestar la frivolidad que traían consigo los nuevos componentes de la sociedad.
La expansión masiva entre la aristocracia (ejemplo: el Gran Oriente de Francia en 1773, con miembros como el duque de Chartres) diluyó su esoterismo original, priorizando la beneficencia y un humanismo un tanto superficial, alejado de su propósito inicial. Actualmente, se dice con pesar, algunas obediencias mantienen esta tendencia, mezclando política y filantropía vacía, en contraste con la masonería auténtica, destinada a remover las aristas defectuosas que emergen del carácter.
Textual de Ambelain
Fue en Gran Bretaña, en el siglo XVII, donde las corporaciones de albañiles, que habían cobrado
desde la Edad Media una importancia particular, empezaron a recibir miembros no pertenecientes a la
profesión. Ya en 1600 aparece inscrito en la logia de Edimburgo (Escocia) un escocés perteneciente a
la nobleza, John Boswell, lord Auchinleck. El 16 de octubre de 1646, Elie Ashmole, el miembro más
activo del Círculo Católico de Londres, fue recibido como masón aceptado en la logia de Warrington,
al mismo tiempo que su cuñado, el coronel Henri Mainwarieg de Kerthingham, apadrinados ambos
por Richard Penket, warden de los Fellow-Crafts. Ashmole encontró allí a Thomas y George Warton,
al matemático William Oughteed, a los doctores en teología John Herwitt y John Prarson y al
astrólogo del rey Carlos I, William Lilly.Así, poco a poco, a través de una lenta evolución, las logias operativas se transformaron en sociedad de pensamiento, y las ceremonias iniciáticas transfirieron su simbolismo del plano material al plano intelectual. No obstante, durante todo el siglo XVII los ritos continuaron invariables, sencillos pero eficaces, teniendo en cuenta la importancia absoluta que un hombre honorable daba a su palabra y a su juramento. Fue en el siglo XVIII cuando se produjo el cambio, debido al escepticismo de buen tono, a la irrisión de lo espiritual, al materialismo que invadía los salones, sobre todo en Francia. El mal alcanzó a los medios masónicos, con mayor o menos intensidad, de acuerdo con la naturaleza de las logias. Para ponerle remedio, se alargaron las ceremonias, las «pruebas», la gravedad y la longitud de los juramentos, se completaron los tres grados de la masonería primitiva con los primeros «grados de venganza», para castigar implacablemente al posible traidor. Personas como Helvecio, Voltaire, Marmontel, Montesquieu, D’Holbach, todos ellos masones, todos ellos celebridades del Siglo de las Luces, redactores de la Enciclopedia, tienen su parte de responsabilidad en la degradación espiritual de la francmasonería inicial del siglo XVII.
También la tiene la llegada del «número». El esoterismo que se albergaba en el interior de la
Orden no podía acomodarse con una masonería nacida de una sociedad ligera y fútil, por lo cual
el «número» tenía que conducir fatalmente a la mediocridad: «Todo el mundo pertenece a ella …»
escribirá María Antonieta a su madre, la emperatriz de Austria. Cierto, todo el mundo pertenece a
ella … Y el cuadro de los Grandes Oficiales del Grande Oriente de Francia correspondiente al
año 1773 resulta impresionante. Desde el Serenísimo Gran Maestre Luis José Felipe de Orleáns,
duque de Chartres, príncipe de sangre real, hasta el modesto Gran Limosnero de la Orden, el Muy
Respetable Hermano marqués de Briqueville, mariscal de los Campamentos y Ejércitos del Rey,
se incluyen dieciocho nombres pertenecientes a las familias más encumbradas de la aristocracia
de Versalles, a los que siguen cuarenta y seis nombres de muy buena nobleza para las diversas
cámaras de la Orden.Lo que significa que los ritos tendrán que acomodarse a una vida mundana que carece de relación
con ellos y con lo que transmiten, y donde la beneficencia y las obras de caridad ocupan el mayor
lugar, sin más. Lo mismo ocurre actualmente en ciertas obediencias, en las que un vago
humanismo, incluso a veces irracional y sin contacto con la realidad, no hace más que encubrir un
plan político extraño a la verdadera masonería, cuando no se opone francamente a ella en sus
esperanzas y sus resultados.El secreto masónico. Vol. 1

