Luiz Gama y Jair BolsonaroLuiz Gama y Jair Bolsonaro

La trayectoria de la masonería en Brasil encarna una paradoja fundacional: surgida como bastión de la razón, la libertad y el progreso durante el siglo XIX —con aportes clave a la independencia, la abolición de la esclavitud y la organización republicana—, la orden ha oscilado entre su vocación transformadora y la connivencia con fuerzas reaccionarias. Un examen crítico revela que, lejos de mantenerse fiel a su lema de «levantar templos a la virtud», sectores significativos de la institución han perpetuado un elitismo desconectado de las luchas sociales, omitiendo pronunciarse ante regímenes autoritarios como la dictadura o el reciente ciclo de negacionismo y ataques a la democracia.

¿Hay que reinventar a la masonería para rescatar el proyecto ilustrado que alguna vez la definió?


La masonería, desde su origen moderno en la Ilustración europea, se presenta como una orden iniciática dedicada a la libertad de pensamiento, la fraternidad entre los pueblos y el progreso de la humanidad. Sin embargo, el recorrido de la masonería brasileña revela una historia marcada por ambivalencias: por un lado, su contribución decisiva para la Independencia, la República y la abolición; por otro, el silencio, la omisión y, en ocasiones, el apoyo directo a regímenes autoritarios y antidemocráticos.

Este artículo propone una crítica histórica y filosófica a la trayectoria reciente de la masonería en Brasil, especialmente frente al oscurantismo que se extendió durante el gobierno de Bolsonaro. Desde una perspectiva humanista, existencialista y liberadora, se busca evidenciar los paradoxos que envuelven a la orden en Brasil y proponer caminos para su reencuentro con los ideales progresistas que la fundaron.

1. La génesis revolucionaria de la masonería y el mito de la neutralidad

La masonería no nació para ser neutral. Su surgimiento moderno está directamente ligado a las luchas contra el absolutismo, el dogmatismo religioso y en defensa de la razón, la ciencia, la igualdad civil y la libertad de los pueblos. En Brasil, figuras como Luiz Gama, José Bonifácio, Gonçalves Ledo, Rui Barbosa, Castro Alves, Antônio Carlos Gomes (Carlos Gomes) y Benjamin Constant, entre muchos otros, fueron protagonistas de movimientos emancipatorios que moldearon la identidad nacional.

Entre estos nombres, Luiz Gama se destaca como uno de los mayores símbolos de la lucha por la justicia. Nacido libre pero vendido como esclavo, Gama logró su propia libertad y se convirtió en abogado autodidacta, liberando a cientos de personas esclavizadas mediante su actuación jurídica. Como masón, reforzó los principios de libertad e igualdad, convirtiéndose en uno de los mayores abolicionistas del país.

Negar este legado o reducirlo a una tradición meramente protocolar, como frecuentemente ocurre en las logias hoy, es traicionar el propio espíritu de la masonería. El lema «levantar templos a la virtud y cavar mazmorras a los vicios» debería ser un llamado a la acción, y no solo una frase decorativa en rituales.

Sin embargo, lo que se observa en muchos cuadros de la masonería brasileña contemporánea es lo opuesto: una aversión al debate político, un apego servil al status quo y una complacencia peligrosa con figuras que representan todo lo que la masonería históricamente combatió: el oscurantismo, el autoritarismo y la ignorancia.

2. El Bolsonarismo como punto de inflexión moral

El apoyo explícito o velado de diversos masones al proyecto político de Jair Bolsonaro representa uno de los capítulos más oscuros e ideológicamente distorsionados de la historia reciente de la masonería brasileña. La adhesión de miembros de la orden, aunque no institucional, a un gobierno que subvirtió principios fundamentales de la razón y el progreso, promoviendo el negacionismo científico, el terraplanismo, el revisionismo histórico, el ataque sistemático a las instituciones democráticas y la apología de la dictadura militar, expone una crisis más profunda: la erosión del horizonte ético y humanista que debería guiar a la masonería como instrumento de transformación social.

Durante el bolsonarismo, asistimos a la banalización del mal institucionalizado: ataques a la educación, incentivo a la violencia policial, racismo estructural naturalizado, LGBTfobia legitimada por discursos oficiales, devastación ambiental en nombre del lucro. ¿Qué hizo la masonería? En muchos casos, calló. En otros, se alineó. En casi ninguno, resistió.

Esta omisión no es neutral. Es cómplice.

La masonería, cuando fiel a sus principios, debería ser un instrumento de transformación y progreso. Sus miembros progresistas siempre estuvieron en la vanguardia de las luchas por derechos y por la construcción de una sociedad más justa. Sin embargo, a lo largo del siglo XX y XXI, la orden pasó por momentos de mayor conservadurismo, reflejando los cambios políticos del país. Aún así, hay grupos dentro de la masonería que continúan defendiendo valores progresistas, reafirmando su compromiso con la libertad y la justicia social.

3. El paradoxo histórico: glorificar a Dom Pedro I y olvidar al pueblo

¿Cómo explicar que una institución que fue perseguida por Dom Pedro I y colocada en la ilegalidad hoy lo exalte como un «masón notable»? ¿Cómo conciliar la exaltación a la monarquía con el papel protagónico de la masonería en la Proclamación de la República? ¿Cómo defender causas humanísticas y, al mismo tiempo, apoyar regímenes autoritarios que persiguen, torturan, matan y esclavizan? Estas contradicciones son síntomas de un revisionismo acrítico, donde símbolos sustituyen la reflexión y rituales se vacían de sentido histórico.

Dom Pedro I no fue un campeón de la libertad. Su gobierno estuvo marcado por decisiones autoritarias que restringieron derechos y reprimieron opositores. Su ingreso a la masonería, en 1822, fue estratégico, utilizado como herramienta política para consolidar la independencia de Brasil. Sin embargo, tras asumir el trono, rápidamente rompió con la orden, disolviendo la Asamblea Constituyente de 1823, imponiendo una Constitución autoritaria y persiguiendo masones, cerrando logias masónicas y lanzando a la institución a la ilegalidad.

La tentativa de mitificarlo dentro de la masonería revela un vaciamiento crítico que debe ser urgentemente combatido. La orden, que históricamente se posicionó contra el absolutismo y por la libertad, no puede volverse cómplice de narrativas que distorsionan su propia historia. La verdadera masonería debe rescatar su papel como instrumento de transformación social, reafirmando su compromiso con la justicia y la democracia.

La verdadera herencia masónica está en los movimientos abolicionistas, en los republicanos de 1889, en los que lucharon contra el Estado Novo, en los que resistieron a la Dictadura Militar, y no en los que adularon al trono o callaron ante la represión.

4. El silencio de la masonería durante la Dictadura Militar y el Golpe de 1964

La masonería brasileña ya demostró, en diversas ocasiones, su capacidad de resistencia. Sin embargo, durante la Dictadura Militar, nuevamente sectores de la orden se aliaron al poder autoritario, abandonando cualquier compromiso con la libertad, la justicia y la dignidad humana.

En nombre de una pretendida estabilidad institucional, muchos masones se volvieron cómplices de torturas, persecuciones, desapariciones y censura. No hay cómo relativizar esto: fue traición a los principios de la orden.

Lo mismo se repitió, en menor escala, durante el gobierno de Bolsonaro, donde parte de la masonería demostró más preocupación con protocolos y formalidades que con la barbarie política y ética que se instalaba en el país.

5. La crisis contemporánea: ignorancia, apatía y elitismo

La masonería, que un día formó pensadores, educadores, juristas, poetas, médicos y líderes revolucionarios, hoy alberga, con honrosas excepciones, hombres que se enorgullecen de no leer, que se limitan a repetir jergas ritualísticas, que no comprenden la historia ni de la propia institución a la que pertenecen. Se trata de un embrutecimiento institucionalizado.

Esta degradación intelectual refleja una masonería que, en muchos de sus círculos, abandonó su vocación histórica de transformación social para convertirse en un espacio de vanidad y estatus, más preocupado con títulos y formalidades que con la elevación moral y la lucha por justicia. Lo que debería ser un instrumento de progreso y emancipación se convierte, en diversas instancias, en un reducto de alienación, donde el compromiso con la libertad y la igualdad da lugar al conformismo y a la complacencia con estructuras opresivas.

Esta masonería contemporánea, salvo raras excepciones, resiste al progreso, teme a la justicia social y se distancia de las causas populares, volviéndose un espacio de acomodación e indiferencia. En vez de posicionarse al lado de los menos favorecidos, demuestra desconfianza hacia los movimientos sociales, calla ante el exterminio de la juventud negra, ignora la precarización del trabajo, negligencia la degradación ambiental y se esquiva del enfrentamiento a la corrupción sistémica. Su discurso, frecuentemente revestido de un falso moralismo, solo refuerza privilegios y perpetúa la retórica de una elite avara e intelectualmente deshonesta.

Lo que podría ser un agente de transformación y un espacio de reflexión crítica muchas veces se convierte en cómplice del estancamiento, legitimando desigualdades y fortaleciendo estructuras de dominación. Para honrar su esencia, la masonería debe rescatar su papel histórico, promoviendo cambios reales y reafirmando su compromiso con la justicia, la libertad y la dignidad humana.

La verdadera masonería, aquella que se alinea a los principios de libertad, igualdad y fraternidad, no puede eludir su papel histórico. No hay neutralidad ante la injusticia. El silencio es connivencia. La omisión es complicidad. Y la negativa a enfrentar estas cuestiones es la prueba definitiva de que, para muchos, la masonería dejó de ser un instrumento de transformación para volverse apenas un símbolo vaciado de significado.

No hay masonería auténtica sin lucha social.

6. Caminos de reconstrucción: del templo simbólico al templo político y ético

Si la masonería quiere sobrevivir como institución relevante en el siglo XXI, deberá revolucionarse desde dentro. A continuación, proponemos algunos caminos concretos:

  • Educación política masónica: Instituir estudios obligatorios sobre democracia, derechos humanos, historia de los movimientos sociales y filosofía crítica. La masonería necesita formar militantes de la libertad, no solo ritualistas.
  • Rescate del papel social: Retomar la participación activa en movimientos por la justicia social, contra el racismo, la homofobia, el machismo y todas las formas de opresión. Esto es coherente con el lema «hacer feliz a la humanidad».
  • Ruptura con figuras autoritarias: Establecer, oficialmente, la incompatibilidad entre valores masónicos y el apoyo a figuras o regímenes que prediquen el autoritarismo, el sectarismo, la intolerancia, el extremismo, la violencia y, sobre todo, la exclusión social.
  • Alianza con fuerzas progresistas: La masonería debe dialogar con los sectores de la sociedad que luchan por la transformación social, no contra ellos. Esto incluye sindicatos, movimientos populares y defensores de los derechos humanos.
  • Revisión histórica crítica: Revaluar oficialmente la postura de la orden frente a momentos históricos en los que se omitió o se alineó al autoritarismo. Esto incluye una disculpa pública por la postura de sectores de la masonería durante la dictadura militar.

«Hacer feliz a la humanidad», una urgencia y no un mero símbolo

La masonería brasileña se encuentra ante una encrucijada histórica. O reafirma con coraje sus principios fundadores—libertad, igualdad, fraternidad, laicismo, autodeterminación y justicia—o se condenará a la irrelevancia, volviéndose apenas una institución mediocre, anacrónica y vacía, una verdadera sombra de lo que un día fue, un espacio vaciado de significado, donde rituales se repiten mecánicamente y palabras antes cargadas de propósito se transforman en meros formalismos.

Si los masones brasileños abdican de su papel en la transformación social, si continúan evadiendo los desafíos contemporáneos y acomodándose en la nostalgia de un pasado idealizado, estarán condenados a volverse un museo de hombres envejecidos, presos a un discurso que ya no comprenden e incapaces de ver la urgencia de las luchas que se desarrollan a su alrededor.

Rescatar el proyecto masónico como fuerza transformadora es posible, pero exige mucho más que bellas palabras y ornamentos. Será necesario romper con la complacencia, ensuciar los pies en el barro, descender a los infiernos de los tormentos sociales, enfrentar objetivamente la realidad, desafiar el elitismo reaccionario y, sobre todo, reencontrar al pueblo. Sin este compromiso genuino con la justicia y la equidad, la masonería corre el riesgo de volverse apenas un símbolo vaciado de significado, distante de las verdaderas batallas que definen el presente y moldean el futuro.

La esencia revolucionaria de la masonería y el imperativo de la coherencia histórica

En el corazón de la tradición masónica yace una máxima que trasciende la mera liturgia: «hacer feliz a la humanidad». Este principio, más que un lema o un ritual simbólico, debe ser comprendido como el verdadero norte de la orden, una misión ética y política que desafía a sus miembros a transformar la realidad social a partir del compromiso con la justicia, la libertad y la fraternidad.

Cuando esta máxima se reduce a una formalidad vacía, la masonería pierde su razón de ser. Hacer feliz a la humanidad no significa solo desear un mundo mejor en abstracción, sino implicarse en acciones concretas que cuestionen las estructuras opresoras, desconstruyan las desigualdades y amplíen las posibilidades de emancipación para todos los seres humanos. Es un llamado para que la orden asuma su papel histórico como agente de cambio, enfrentando los poderes que limitan el desarrollo humano y la dignidad.

Este es un desafío radical y revolucionario. Pues, en el mundo contemporáneo, marcado por crisis económicas, sociales, ambientales y políticas, la felicidad colectiva depende directamente de la superación de los sistemas de explotación y dominación. Requiere coraje para romper con el conservadurismo, para abrir diálogo con los movimientos populares y para transformar las prácticas internas, muchas veces marcadas por elitismo y apatía.

La verdadera revolución masónica, por lo tanto, es una revolución ética y social. Exige que cada masón encarne esta misión en su vida pública y privada, promoviendo la inclusión, la solidaridad y el pensamiento crítico. Solo así será posible que la orden recupere su prestigio histórico y cumpla el propósito para el cual fue creada.

Y, en este recorrido, la historia será implacable. No olvida ni perdona contradicciones, silencios cómplices o desvíos ideológicos. La coherencia entre discurso y práctica es lo que define la autenticidad de una institución que pretende mantenerse viva y relevante.

Así, la masonería brasileña está convocada a no solo reiterar sus palabras, sino a transformar sus acciones, mostrando al mundo que su compromiso con la felicidad de la humanidad es, de hecho, revolucionario y que, en el tribunal de la historia, sabrá responder con integridad y coraje.

«Hacer feliz a la humanidad» no es solo un ideal ritualístico. Es una tarea revolucionaria.

Y la historia, como siempre, cobrará coherencia.


Publicado por gentileza, generosidad y fraternidad del autor, a quien se expresa un profundo agradecimiento. Para realce de la redacción y los conceptos originales, y con la idea de amenizar la lectura, se realizaron ínfimas adaptaciones en el uso de mayúsculas, y se agregaron resaltados en negrita. El artículo original en portugués puede leerse haciendo clic aquí↩︎

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