Francisco Franco Bahamonde, el Generalísimo, el Caudillo, el dictador: nunca fue masón, pero estaba obsesionado con la masonería y los masones. Eso parece que está bastante claro, subsisten algunos misterios y enigmas todavía sin resolver. Y formulo unos cuantos: ¿Franco intentó ser admitido en la masonería, y aún encima por dos veces consecutivas? ¿Es verdad que fue rechazado, una vez en África, en una logia de Larache y otra, años más tarde, en una logia madrileña y con el voto en contra de su propio hermano?
Lo de que hubiera intentado alguna vez ser masón es simplemente una fantasía, sin ningún fundamento. Es un tremendo disparate. Pero, hay que reconocer que tuvo éxito, y que después de la muerte de Franco, el mito fue creciendo, hasta prácticamente la actualidad, y todavía, de vez en cuando, vuelve a salir a la palestra, y al final siempre cabe la duda de si fuera verdad.
Franco ha caído casi en el olvido, y dentro de nada estará prácticamente olvidado, como una mala pesadilla.
Obsesión antimasónica
Lo de su obsesión con la masonería y los masones es otro cantar, aunque siga siendo una cuestión bastante inexplicable. Y es que es un hecho que Franco firmó una ley específica para la persecución de los masones en los años cuarenta, recién acabada la guerra civil, y que durante toda su vida repitió insistentemente en numerosos discursos y en algunos artículos –curiosamente siempre firmados con distintos seudónimos– que había que estar en guardia contra la existencia de un extraño contubernio judeo-masónico-comunista, basado fundamentalmente en rancias pero muy eficaces teorías conspiratorias.
En todo caso, parece que mucha gente no sabía y posiblemente no sabe todavía, a qué se refería Franco cuando hablaba de la masonería y del famoso contubernio. Lo que sabemos es que el general fue un personaje singular que se hacía llamar Generalísimo y Caudillo, por la gracia de Dios, y que dirigió nuestro país con mano firme durante casi medio siglo. Eso, parece que está fuera de toda duda.
Contubernio y conspiración
Franco creía en una serie de teorías conspiratorias, y se sentía víctima de las terribles acechanzas de un misterioso contubernio-judeo-masónico-comunista. A este respecto, como a veces había declarado, decía que nunca se le perdonaría haber sido el único que lo había vencido, en la guerra civil española, una guerra fratricida de una crueldad sin límites.
En todo caso, se resistía a verse a sí mismo como el verdugo que lamentablemente resultó ser. Incluso, cuando llegado al final de su vida, en su testamento político, a la hora de hacer la reflexión más íntima y personal de quien se sabe al borde irremediable de la muerte, pidió perdón, solicitó que se mantuviera la unidad de España y volvió a la cantinela de siempre: «No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal».
En estado de alerta. Así, quedaba lo de la masonería, insinuado implícitamente, pero no explícitamente, porque Franco era así. Entonces surge la duda de preguntarse: ¿eso de la masonería y de los masones, estaba incluido en la nómina de los peligrosos «enemigos» de España, que durante tantos años le quitaron el sueño y le amargaron la vida?
Ahí queda la pregunta hasta el final. Un día el novelista Francisco Umbral publicó en un significativo libro sobre el Caudillo, que «los masones eran los judíos de Franco», en una clara referencia a la persecución de la masonería durante el franquismo.
Buscando respuestas
Pero, entre luces y sombras cabe preguntarse qué es la masonería y por qué fue tan perseguida durante el franquismo. La respuesta a estos dos interrogantes es el objetivo principal de mi libro.
Parto de la idea de que en España prevalece aún todavía la visión más oscura de la masonería, como la de un ente secreto, satánico e infernal, causante de todos los males de España, como repitió tantas veces el Caudillo.
Una visión que estaba tan arraigada en la mente de muchos españoles –y posiblemente todavía lo esté– que los masones tuvieron que esperar unos cuantos años después del fallecimiento de Franco, para poder regresar del exilio. Y, sobre todo, algo que me parece muy significativo: la masonería no fue legalizada hasta dos años después que el Partido Comunista de España (PCE).
Fundamentos religiosos
En todo caso, sea por lo que fuere, parece evidente que esta obsesión que, como decimos le acompañó toda la vida, se tradujo en una durísima política represiva durante toda la dictadura. Y no parece que para odiar a la masonería y a los masones como él lo hizo, fuera condición indispensable el haber sido rechazado por ella.
El Papa León XIII, fue uno de los principales inspiradores de la doctrina antimasónica en que se basó la justificación intelectual de la persecución de la masonería, que inspiró a los principales paladines antimasónicos católicos –como Franco – nunca solicitó ingresar en ninguna logia y por tanto no pudo sentirse humillado por haber sido rechazado.
Y lo mismo podríamos decir de Stalin, de Hitler y de Benito Mussolini, por poner tres ejemplos de personajes que prohibieron la masonería en sus regímenes dictatoriales. Que se sepa, parece que podemos estar seguros de que ninguno de ellos, solicitó entrar en la masonería, lo que no les impidió perseguir con despecho a los masones. Por eso creo que con toda seguridad se puede desechar esta pista para tratar de comprender la obsesión antimasónica de Franco.
Cavando en la raíz
La raíz del odio franquista contra los masones no es fruto necesariamente de ninguna frustración personal, ni se basa en algún tipo de manía persecutoria, por más que estos dictadores –Franco incluido – se sentían víctimas de alguna secreta conspiración. Curiosamente se creían más víctimas que verdugos, aunque, sin embargo, es lo que verdaderamente fueron. Y es que contra todo lo que pueda parecer, ser víctima no tiene más que ventajas, pues la víctima siempre es inocente. Y eso es lo que realmente se creían estos dictadores. Todos se veían perseguidos más que perseguidores, que es lo que realmente fueron.
Hay que tener en cuenta además que la persecución de la masonería y el discurso antimasónico se produjeron prácticamente desde el mismo momento en que se crearon las primeras logias británicas hace más de trescientos años, y por supuesto no se circunscribe al ámbito meramente católico, ni español. Este fenómeno antimasónico, se da en la actualidad, junto al antisemitismo, en algunos países musulmanes sin necesidad de inspirarse en las numerosas condenas pontificias contra la masonería.
Ayúdame, Freud
En el caso de Franco, algunos autores han aludido a factores estrictamente personales (incluso familiares) para tratar de comprender este odio brutal y desmesurado contra los masones y la obsesión antimasónica del Caudillo, pero por supuesto esta vía parece poco probable. Creen que la explicación de este odio y de su obsesión antimasónica viene del rechazo de su padre, que había abandonado a su madre, y se había rejuntado con una mujer con la que vivía en Madrid.
Otra posible explicación podía encontrarse en su madre a la que Franco adoraba. Pilar Bahamonde era una mujer que tenía una religiosidad tradicional y cuyo comportamiento ejemplar, al cuidado de la familia y de sus hijos, estaba en las antípodas del comportamiento de su padre que había abandonado su familia, justamente el día que Franco ingresó en la Academia de Infantería en Toledo (agosto 1907).
Siguiendo en el ámbito puramente familiar, toca también hablar de su hermano Ramón Franco, el famoso as internacional de la aviación. Éste sí que había sido masón. Se inició en una logia de españoles en París. Precisamente, de Ramón se ha dicho que había sido uno los masones que votaron en contra de que su hermano ingresara en la logia «Concordia» de Madrid, en los años treinta, cuando Francisco Franco era general, de lo que, sin embargo, no existe ninguna prueba documental.
Represión de la masonería
En la segunda parte de mi libro estudio el tema de la represión de la masonería en la guerra civil y durante el franquismo. Digo que, junto con el tema de la obsesión antimasónica del Caudillo, la represión de la masonería fue uno de los elementos más definidores de la dictadura franquista. Franco se sirvió fundamentalmente de dos leyes específicas para afrontar ese singular combate contra la masonería que consideraba como uno de los enemigos más peligrosos de España.
El 1 de marzo de 1940 se aprobó la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo. Esta Ley fue junto con la Ley de Responsabilidades Políticas, el mecanismo jurídico con el que el franquismo persiguió a los masones españoles hasta prácticamente la muerte de Franco. En mi libro estudio los aspectos histórico-jurídicos en los que se basó la represión de la masonería, teniendo en cuenta que ésta se circunscribió en el marco general de la represión.
Todos a la bolsa
Al triunfar el golpe militar del 18 de julio de 1936 y declararse el estado de guerra, la represión de los republicanos y no adictos al nuevo régimen se ejerció, en gran parte por juzgados militares, y por tanto bajo jurisdicción militar.
La utilización de esta jurisdicción fue masiva y generalizada durante la guerra civil con miles de condenas a muerte y cientos de miles de procesados y mantuvo su carácter preponderante durante el posterior quinquenio, 1940-1945. La represión golpeó de un modo brutal a los masones españoles. Prácticamente hasta después de la muerte de Franco la masonería estuvo estigmatizada y perseguida en España.
Los ecos de la represión resuenan todavía. La Ley de Responsabilidades Políticas primero y posteriormente después la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo, sirvieron para la persecución de los masones, incluso de los que habían fallecido antes de la guerra civil.
Ayuda rebelde
Las Auditorias de Guerra fueron los tribunales militares que juzgaron en Consejos de Guerra a los prisioneros de guerra republicanos capturados en acción bélica, así como a infinidad de civiles detenidos por la autoridad militar durante y después de la guerra acusados de rebelión militar, auxilio a la rebelión, tenencia de armas, terrorismo, etc.
Los Consejos de Guerra se realizaron fundamentalmente mediante procedimientos sumarísimos, en los que con escasas o nulas garantías legales se instruían, juzgaban, condenaban y ejecutaban las sentencias en un plazo de tiempo brevísimo, incluso sólo de horas.
Durante la postguerra el régimen de Franco aplicó la legislación represiva generada durante la guerra civil española (1936-1939), ampliada por un conjunto de órdenes, decretos y leyes de carácter complementario. De 1939-1948, el eje de la política represiva fue la «justicia militar», que, mediante sumarios de urgencia y consejos de guerra, llenó las cárceles de presos, y en algunos casos los cementerios de ejecutados (el Decreto de 28 de julio de 1936 se mantuvo hasta julio de 1948).
Dura lex
La legislación militar fue completada con la Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939 (reformada el 1942, y derogada el 1945, aunque sus expedientes estuvieron vigentes hasta 1966), con la finalidad de extorsionar económicamente a las personas y a las familias del bando republicano y a sus herederos en caso de fallecimiento del encausado.
La Ley de represión de la Masonería y el Comunismo de 1 de marzo de 1940 (vigente hasta el 1964); la Causa General (abril de 1940) y la Ley de Seguridad del Estado, de 11 de abril de 1941. El 3 de enero de 1945, entra en vigor el Código Penal franquista, y el 18 de abril de 1947, la Ley de Represión del Bandidaje y Terrorismo. Finalmente, en los años sesenta se creó el Tribunal de Orden Público (1963-1977), que llegó a procesar a miles de españoles antifranquistas, produciendo más de 22.660 sentencias.
Debemos recordar que desde el inicio de la guerra civil fueron fusilados los masones en el bando rebelde, por el simple hecho de serlo y sin necesidad de ninguna prueba, ni de ninguna otra acusación. Incluso, se dio el caso de que fueron fusilados algunos que no eran masones pero que habían sido acusados de serlo.
A Dios rogando
Franco en unas declaraciones publicadas en el periódico «L’ Echo de París, el 16 de noviembre de 1937, manifestó que los objetivos de la guerra civil eran «nacionales» y «religiosos».
«Nuestra guerra –dijo – es una guerra religiosa. Nosotros, todos los que combatimos, cristianos o musulmanes, somos soldados de Dios y no luchamos contra los hombres, sino contra el ateísmo y el materialismo, contra todo lo que rebaja la dignidad humana, que nosotros queremos elevar, purificar y ennoblecer».
Cruzada siglo XX
El franquismo, que se definía a sí mismo como un régimen «nacido de la Cruzada», y que por tanto llamaba cruzada a su golpe de estado y a la destrucción que ocasionó, encarnó fielmente el espíritu inquisitorial.
Este espíritu destructor fue impulsado desde algunas publicaciones falangistas, como por ejemplo Arriba España, en cuyo primer número –publicado el 1 de agosto de 1936–, se leía en primera página: «Camarada, tienes la obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas».
El Papa Pio XII en el mensaje navideño de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, todavía hablaría de la necesidad de llevar a la práctica este espíritu belicoso cristiano: «El precepto de la hora presente no es el lamento, sino la acción […] Conviene a los mejores y más selectos miembros de la Cristiandad, penetrados por un entusiasmo de cruzados, reunirse en espíritu de verdad, de justicia y de amor, al grito de Dios lo quiere, dispuestos a servir, a sacrificarse, como los antiguos Cruzados».
Palabras asesinas
En la tercera parte estudio el discurso antimasónico de Franco. Este tema continúa mis estudios anteriores que abordé en mi libro titulado “Palabras asesinas. El discurso antimasónico en la guerra civil española”. La producción antimasónica del Generalísimo –como sucede también con los discursos antisemitas de Hitler, y las proclamas fascistas de Benito Mussolini– es extensísima, aunque no todas son igual de logradas.
Y algunas han pasado a la historia, como su último discurso, aquel que pronunció el 1 de octubre de 1975, desde el balcón principal del Palacio Real, con motivo de una manifestación de apoyo al gobierno, frente a las protestas que se produjeron contra las últimas ejecuciones del 27 de septiembre de 1975.
Es de sobras conocido que, en esa oportunidad, como había hecho siempre, volvió a denunciar la existencia de una trama, contra España, sosteniendo que «todo se debía a una conspiración masónico izquierdista, en contubernio con la subversión terrorista-comunista en lo social». Pero, evidentemente otros discursos del dictador en clave antimasónica que he estudiado con anterioridad, también son memorables.
Dedico al tema de la legalización de la masonería española un amplio capítulo. Y otro a los masones y la memoria histórica. Finalizo con un apartado dedicado a la bibliografía y otro a la cronología de Franco. Mi libro es el resumen de intensos años de trabajo historiográfico. Considero que la figura de Franco –como el franquismo-, debe ser estudiada con absoluto rigor y profundidad.
Parvis extiende su profundo reconocimiento al autor por su generosidad al haber enviado este artículo, en ocasión de haber publicado su último libro Franco y la Masonería. Un terrible enemigo que no se rinde jamás. Para realce de la redacción y los conceptos originales, y con la idea de amenizar la lectura, se agregaron el énfasis de las negritas y las pausas de los subtítulos. También se realizaron ínfimas adaptaciones en el uso de mayúsculas.
Se adjunta el link del libro https://www.masonica.es/libro/franco-y-la-masoneria_139968.
