Arte real

El estudio del arte tradicional y su evolución hacia la estética contemporánea revela una transformación en la comprensión de la obra de arte y el papel de su creador. El pensamiento clásico y medieval fundamentaba la producción artística en la cognición y el conocimiento sagrado. Por el contrario, la modernidad desplazó este paradigma hacia la profanidad y la emoción sensorial, por lo que esta mutación conceptual modificó el propósito de las obras.

Según los especialistas, el cambio transformó los objetos de puentes hacia el intelecto y la espiritualidad en específicos estímulos para la experiencia subjetiva del espectador. El análisis de estos enfoques contrapuestos permite desentrañar cómo las sociedades han concebido la belleza, la utilidad y el simbolismo en distintos momentos de la historia.

Cognición frente a la percepción sensorial

El arte medieval operaba bajo la premisa de que la actividad artística se vinculaba de manera directa o indirecta con el conocimiento, entendido como el conjunto de procesos mentales y cerebrales que nos permiten recibir, procesar, almacenar y utilizar información. El propósito de la obra no residía en el simple deleite de los sentidos, sino que las producciones buscaban enseñar y conmover con el fin de convencer al receptor mediante un significado profundo que iluminaba las formas materiales. Bajo esta perspectiva, las manifestaciones artísticas constituían un medio operativo para alcanzar la visión de la divinidad.

La estética moderna, en cambio, consolidó su vigencia teórica hace apenas dos siglos, mutando el trasfondo hacia una teoría basada en la percepción sensorial y en las reacciones emocionales. La modernidad interpreta el arte como una vía de autoexpresión de los sentimientos. Por esta razón, las instituciones y los críticos actuales priorizan el análisis de las respuestas afectivas que experimenta el espectador al contemplar las superficies y la apariencia externa de una obra.

El arte real

En la masonería, el arte real es el concepto que define la práctica, el método y la filosofía de la institución. Hace referencia a la transformación interior y a la construcción de un «templo espiritual» universal, heredando el saber práctico de los antiguos gremios de constructores de catedrales.

El término proviene de la época medieval. En aquel entonces, la arquitectura y la edificación de grandes obras eran consideradas disciplinas supremas y «reales» porque unían conocimientos técnicos, matemáticos y espirituales. Los masones operativos guardaban celosamente sus técnicas para mantener su estatus. En ese entonces —tanto como ahora—, la masonería coincidía totalmente con el espíritu artístico de aquella época que se ha delineado aquí, porque este arte real es una vía de adquirir y transmitir conocimientos científicos y espirituales.

Utilidad y la fractura del significado

Las civilizaciones tradicionales no establecían divisiones entre las llamadas bellas artes y las artes aplicadas. Todo objeto se diseñaba para un buen uso, de modo que la belleza equivalía a la perfección del artículo dentro de su propio género. Una catedral, un icono o una espada se consideraban bellos si cumplían con exactitud la función práctica y espiritual para la que habían sido fabricados. La belleza se definía formalmente como el poder de atracción que ejerce la propia perfección de las cosas.

La perspectiva contemporánea divorció la utilidad del significado metafísico, a la par que el sistema industrial actual fabrica objetos funcionales en serie que el pensamiento tradicional califica como cáscaras vacías. Paralelamente, la sociedad reserva el término arte para piezas exclusivas que se exhiben en los museos, considerándolos finos pero inútiles para la vida cotidiana. Al deificar el concepto del arte por el arte, la sensibilidad moderna niega que la producción industrial deba poseer un carácter artístico y trascendente.

Imitación de los principios universales

La producción artística de la antigüedad seguía la máxima de Tomás de Aquino, la cual dictaba que el arte imita a la naturaleza en su modo de operar, lo que no implicaba la reproducción fidedigna del aspecto exterior de las cosas o un naturalismo académico. El arte tradicional se ocupaba de la esencia de la materia y solo de forma incidental de sus apariencias. Los artesanos imitaban el proceso constructivo bajo el principio de asemejarse de alguna manera a la naturaleza, el cual emula el acto creativo universal donde se imprime una forma inteligible en la materia. Las obras plasmaban por aquel entonces unos arquetipos e ideas invisibles a través de analogías que servían como soportes simbólicos para la contemplación espiritual.

La estética moderna transformó este criterio al valorar el realismo académico, el dominio de la anatomía humana y la aplicación de la perspectiva científica. El pensamiento tradicional sostiene que centrar la creación artística exclusivamente en la semejanza física del objeto limita las capacidades humanas, al no poder concebir los autores nada más noble que los cuerpos materiales. Para imitar la operación natural, el artista antiguo realizaba un acto intelectual previo, concibiendo la idea en su mente antes de trasladarla al soporte físico.

Anonimato y la disolución del genio individual

En el contexto tradicional, el anonimato del artista no reducía el valor del trabajo, sino que le otorgaba libertad espiritual y eficacia en su labor. Y aquí se ingresa en un tema anexo, no menos importante que el desenvolvimiento del arte mismo. Las culturas antiguas estimaban la verdad que comunicaba la obra por encima de la identidad de su creador. El realizador se percibía a sí mismo como un canal o una herramienta de una fuerza superior inmanente, como el Espíritu Santo o el Eros divino, y como consecuencia de ello, atribuirse la autoría exclusiva de una idea universal se interpretaba en esos entornos como un engaño o un signo de inmadurez espiritual.

La firma en una obra tradicional funcionaba únicamente como una garantía de calidad técnica o una autentificación del trabajo, no como una búsqueda de fama personal. Esta práctica reforzaba el carácter del arte como un lenguaje común que pertenecía a la comunidad y a la tradición, alejándolo de la noción de propiedad privada, ya que el arte era inmanente a la condición humana y constituía un patrimonio común en la búsqueda de la divinidad. Mientras el artista moderno depende de la necesidad de autoexpresión y de la exhibición de su idiosincrasia, el artesano tradicional quedaba libre para buscar la perfección del artefacto. Y la originalidad consistía en extraer las ideas de una fuente interna inmediata y no en la invención constante de novedades, dimensiones que fueron invertidas, quedando en prioridad la deificación del genio individual y el fomento de una atención constante sobre la biografía de los autores.

Simbolismo algebraico en un mundo desacralizado

El arte tradicional estructuró un lenguaje simbólico universal que funcionaba de manera análoga a un cálculo o un álgebra metafísica. Este sistema utilizaba las formas materiales no como copias del entorno exterior, sino como cifras para expresar verdades primordiales que la razón deductiva no puede captar por sí misma. A través de estos símbolos, las sociedades tradicionales convertían los objetos cotidianos en hierofanías o manifestaciones de lo sagrado. Ello permitía al ser humano percibir los principios invisibles mediante las cosas fabricadas por su propia mano.

La desacralización del mundo contemporáneo volvió inertes y opacos a los objetos cotidianos, despojándolos de su supuesta dimensión cosmológica en la cultura anterior. La abstracción en el arte moderno se transformó frecuentemente en un diseño absoluto, tendencia que difiere del geometrismo tradicional, cuya naturaleza era matemática, metafísica y simbólica. Basado en esto surge la teoría de la divina proporción, tan frecuente en el arte antiguo, y que brinda herramientas de medición permanente sobre sus expresiones como otra forma apta para su comprensión. La asimilación del lenguaje del arte sagrado requiere el aprendizaje de los principios de la filosofía perenne, superando la mera estimulación de las emociones y la subjetividad del espectador.

Compartir este artículo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *