En 2021 la policía italiana desmanteló una red de la ‘Ndrangheta, la organización criminal calabresa, y encontró paquetes de cocaína marcados con una ilustración del ojo que todo lo ve, compases y letras griegas, todos ellos símbolos asociados a la masonería. Esto sirvió como excusa para que un canal de televisión estadounidense terminara deslizando conclusiones ambiguas acerca del vínculo entre la Orden y la mafia de esa región.
Haciendo eje en este episodio, el investigador Rogelio Aragón, de la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México, publicó en la Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña un análisis sobre la representación de las sociedades secretas en la comunicación de masas desde el siglo XVIII. En un recorrido a través de cine, televisión, teatro, novela y prensa, Aragón intentó demostrar cómo estos relatos oscilan entre la burla y la amenaza, y advierte que esa imagen fabricada suele desplazar una comprensión más rigurosa del papel histórico de las entidades iniciáticas.
Un envoltorio de cocaína desata la sospecha sobre logias y mafia
La investigación del cargamento incautado reveló después que algunos mafiosos se habían afiliado a logias del sur de Italia para relacionarse con funcionarios y policías y corromperlos al amparo del secreto. Unos años antes, las autoridades italianas habían identificado a casi doscientos masones sicilianos que también ocupaban cargos de peso en la mafia.
Aragón puntualiza que ese tipo de coberturas periodísticas suele mezclar datos reales con generalizaciones apresuradas, un patrón que atraviesa buena parte del material que analiza en su tesis.
La palabra «masonería» como arma retórica
El artículo distingue entre casos que involucran a masones reales y otros en los que el término se usa como metáfora despectiva. En 2019 un miembro de la Cámara de los Lores británica tituló un texto periodístico sobre «los masones que protegen» al entonces primer ministro Boris Johnson, aunque en realidad se refería a un círculo de allegados y medios afines, sin relación alguna con logias.
Casi siglo y medio antes, en 1863, un grupo de sacerdotes mexicanos partidarios de la Constitución de 1857 acusó de «masonería de Napoleón III» a los clérigos que respaldaban la intervención francesa, usando la palabra en el mismo sentido figurado. Aragón sostiene que este uso laxo del vocablo, para aludir a cualquier círculo de poder opaco, ha contribuido a diluir su significado original.
El teatro y la televisión ridiculizan los rituales iniciáticos
Buena parte de la producción satírica —que también ha sido revisada por el autor— se concentra en las ceremonias de iniciación. La obra The Generous Free-mason, escrita en 1731 por el masón inglés William Rufus Chetwood, incluye una falsa iniciación llena de dobles sentidos, aunque el propio autor dedicó la pieza a su logia. Casi dos siglos después, la comedia Are You a Mason? (1901) narra el enredo de un hombre que finge haberse afiliado para ocultar sus salidas nocturnas, un malentendido que termina involucrando a media familia.
En la televisión, Los Simpson construyeron a los Magios, una sociedad de varones que se reúne para beber cerveza y cantar sobre logros disparatados, mientras Los Picapiedra recurrieron a La Orden Leal de los Búfalos Mojados, inspirada en sociedades fraternales estadounidenses reales de comienzos del siglo XX. Aragón observa que estas parodias suelen concentrarse en la estética -túnicas, mandiles, gestos secretos- más que en un cuestionamiento de fondo sobre la institución.
Las sociedades secretas como maquinaria de conspiración global
Un importante bloque del documento aborda la vertiente ominosa: sociedades que conspiran, matan y buscan el dominio mundial. La saga de James Bond ideó a SPECTRE como una organización apolítica y jerárquica que manipula gobiernos sin gobernar directamente. La serie The X-Files construyó El Sindicato, un grupo que combina intereses corporativos y estatales en torno a una conspiración extraterrestre. Stanley Kubrick, en Eyes Wide Shut, filmó una ceremonia con túnicas y máscaras que se convirtió en la imagen más reconocible del género, aunque la escena de Los Simpson la había anticipado años antes. Dan Brown llevó este imaginario a un público masivo con su serie protagonizada por Robert Langdon, en la que iluminados, masones y el Priorato de Sion aparecen como motores de tramas que buscan sacudir instituciones religiosas o alterar la historia conocida.
Según Aragón, estas ficciones comparten una estructura: un liderazgo oculto, una jerarquía numerada y un MacGuffin que sostiene la intriga.
Un aparato para cazar leones
Un MacGuffin es un recurso narrativo: un objeto, documento, secreto o dato que pone en marcha la trama y que todos los personajes persiguen o quieren proteger, pero cuyo contenido exacto en realidad no importa demasiado. Lo esencial no es qué es el MacGuffin en sí, sino el efecto que produce: obliga a los personajes a actuar, perseguir, escapar o proteger algo, y así sostiene el conflicto.
El término se popularizó gracias a Alfred Hitchcock, quien lo usaba para explicar por qué el «motivo» de una trama de espionaje o intriga podía ser casi cualquier cosa —unos planos secretos, una fórmula, una lista de nombres— sin que el público necesitara entender los detalles técnicos. Lo que mantiene el interés es la persecución y la tensión que ese objeto genera entre los personajes, no su naturaleza específica.
El maestro del suspenso le puso nombre —con o sin intención— a todos los detalles secretos o discretos que impregnan la masonería.
Entre la desconfianza y el negocio del misterio
El cierre de la tesis reflexiona sobre por qué estas narrativas persisten. Aragón vincula la fascinación por lo oculto con una desconfianza más amplia hacia las versiones oficiales de la realidad, un fenómeno que la filosofía contemporánea analiza sin descartarlo de entrada como irracional. Recuerda también que medios calificados como serios, como agencias internacionales de noticias, han debido desmentir rumores recientes sobre figuras políticas europeas vinculadas falsamente a la masonería, lo que confirma que el tema sigue generando tráfico de noticias y atención del público.
El autor concluye que la comunicación de masas ha explotado durante tres siglos —aunque el fenómeno de los medios masivos no sea tan antiguo— esta tensión entre curiosidad y sospecha, y sugiere que quizá la actitud más sensata sea no asumir que todo esconde un código por descifrar.
