Mientras trascurre este tiempo hipertecnológico, en el que la inteligencia artificial genera imágenes en segundos y el arte se cotiza en criptomonedas, la palabra de Hermes Trimegisto resuena como un mazo sobre el mármol de la conciencia colectiva. ¿Qué significa hoy, para un masón, «crear dioses»? ¿Cómo trascender la mera artesanía para convertir el símbolo en vehículo de lo eterno?
Desde las estatuas parlantes de Menfis hasta los actuales trabajos de logia, el Arte Real ha sido —y sigue siendo— el puente entre el compás celeste y la escuadra terrestre.
El legado de Hermes y el misterio teúrgico
En los círculos iniciáticos, pocos textos se frecuentan más asiduamente que el Corpus Hermeticum, aquel conjunto de diálogos atribuidos a Hermes Trimegisto —el «tres veces grande»—, considerado el padre de la alquimia y de la filosofía oculta. Su enseñanza sobre la creación de estatuas animadas, lejos de ser una metáfora, revela un principio nuclear para la masonería: el hombre como co-creador en la obra divina.
Hermes describe un Egipto arquetípico donde los templos albergaban dioses de «carne y piedra»: estatuas dotadas de nous (espíritu) que predicen epidemias, sanan cuerpos y dialogan con los devotos. Estas no eran meras tallas rituales, sino obras de arte total donde convergían:
- La chispa divina (aportada por el sacerdote-artista)
- La materia purificada (seleccionada bajo rigurosos ritos astrológicos)
- La geometría sagrada (proporciones que reflejaban el orden cósmico)
De los dioses celestes a los terrestres: una jerarquía invertida
Los dioses terrenales superan a los celestes por poseer cuerpo completo
Esta audaz afirmación de Hermes encuentra eco en símbolos masónicos. Tomemos el Delta Luminoso: mientras su triángulo representa lo inmanifestado, el ojo en su centro sería la encarnación de ese principio en la realidad material.
Raimon Arola, en una glosa publicada en Asgravis.com, señala un paralelismo con el mito de Venus:
Afrodita recibió la manzana dorada no por su pureza abstracta, sino por encarnar en su cuerpo la perfección del Arte. Así, el masón no talla columnas para adorar lo intangible, sino para fijar lo eterno en el mármol.
Esta dialéctica entre forma y esencia reverbera en los rituales. ¿Acaso el acto de pulir la piedra bruta no busca hacer visible lo invisible?
Arte sagrado vs. arte profano: el desafío contemporáneo
En una era donde el arte se reduce a performances efímeras y NFTs digitales, la advertencia de Louis Cattiaux en El Mensaje Reencontrado adquiere urgencia, según Airola:
Incorporar el más alto espíritu al cuerpo más bajo: he aquí la verdadera obra.
Para la masonería, esto implica:
- Recuperar la dimensión teúrgica de la arquitectura, entendiendo cada logia como un «Egipto en miniatura» donde se transfieren fuerzas celestes.
- Rechazar el dualismo que opone espíritu a materia. Como enseñaba el hermetismo: Lo de arriba es como lo de abajo.
- Reinterpretar símbolos no como alegorías, sino como vasijas activas de poder espiritual.
Hacia un nuevo renacimiento
La profecía de Hermes sobre la decadencia egipcia obligaría hoy a reflexionar en cuanto a que, cuando el arte pierde su componente sagrado, las civilizaciones se reducen a «fábulas increíbles». La tarea del masón del siglo XXI podría ser, entonces:
Tallar nuevos dioses de piedra y luz; no ídolos para adorar, sino espejos donde lo humano y lo divino se reconozcan como una sola carne trabajando en el taller del Gran Arquitecto.
En este empeño, cada cincelada sería un acto de alquimia espiritual; cada compás trazado, un pacto entre el cielo y la tierra.
Y cada hilo tenso de la plomada sería el vínculo que conecta virtualmente los extremos. Y en esto también se representa el trabajo del aprendiz.

