Hace pocos días, la Cátedra Giordano Bruno (Chile) reunió a expertos de adentro y afuera de la masonería para abordar un tema de gran actualidad: Perspectiva masónica del acoso: derechos, deberes y límites. Inspirado en la Ley Karin chilena —un hito legal contra el acoso laboral—, el conversatorio exploró cómo los principios de la Orden pueden ser útiles para combatir esta forma de violencia que afecta a las sociedades en todo el mundo.
El evento, celebrado por conexión vía Internet en un ambiente de reflexión, constó de un panel integrado por la socióloga Olga Vallejo Rueda, Gran Maestra de la Gran Logia Mixta de los Andes Ecuatoriales (GLMAE); Raúl Cardona (Colombia), Master en Derechos Humanos, Democracia y Globalización, y Pablo Medel (Chile), abogado laboralista.
Uno de los puntos sobresalientes del cónclave fue la perspectiva de género, destacando de qué manera las mujeres —como en el caso de Karin Salgado, cuyo suicidio impulsó la ley chilena— suelen ser víctimas recurrentes. Sin embargo, se enfatizó que el acoso trasciende géneros y fronteras: en Europa, pese a las regulaciones, los casos aumentan por falta de concientización.
Desde la Orden
La masonería no es una cueva de delincuentes, pero los malos hermanos y detractores deforman su imagen. Nuestro deber es combatir el acoso desde los principios fundacionales: libertad, tolerancia y protección a las víctimas, sin silencios cómplices.
Desde su rol profesional y como líder masónica, Olga Vallejo Rueda compartió sus reflexiones basadas en tres ejes: los principios fundacionales de la Orden, el marco jurídico internacional y la necesidad de protocolos internos. La masonería, históricamente un espacio de protección para pensadores libres, no puede ahora ser cómplice de silencios que normalicen el acoso, se pronunció a su turno.
¿Qué dice la institución sobre el acoso?
El acoso —definido como persistencia en actos que vulneran la dignidad— adopta múltiples formas: laboral, sexual, psicológico, cibernético o incluso interseccional (cuando se combinan motivos como género, etnia o religión). Sus efectos son devastadores: desde depresión hasta conductas autodestructivas.
Frente a esto, la masonería tiene que asumir la obligación de garantizar tolerancia, igualdad y solidaridad. Como se señaló en el panel:
El humanismo masónico es amor por la humanidad; no puede coexistir con odio o discriminación.
La fraternidad exige proteger a las víctimas y rechazar justificaciones para el acosador, incluso si este es un hermano de logia. «La discreción masónica no es silencio cómplice», se recalcó.
Lecciones desde la ley profana
Un tema muy significativo fue la articulación entre mecanismos disciplinarios internos y la justicia ordinaria. Se coincidió en que las sanciones en logia (como la expulsión, por ejemplo) no sustituyen a las posibles penas legales. «Denunciar es un deber ético», afirmó el abogado colombiano Raúl Cardona, cuando tuvo el uso de la palabra. En Chile, la Ley Karin —inspirada en reformas surgidas en España— penaliza efectivamente el acoso laboral, pero su aplicación en espacios iniciáticos, como las logias, aún genera incertidumbre.
La masonería, como filosofía universal, promueve el respeto a las leyes. «Ningún masón está por encima de la justicia», se insistió. Ejemplos de complicidad institucional —como talleres que protegen a acosadores— fueron abiertamente criticados: «Quien actúa así ya se autoexpulsó de la Orden».
Hacia protocolos concretos
Aunque algunas obediencias, como la GLMAE que preside Vallejo Rueda, tienen códigos contra el acoso, se sostuvo que tal vez sería propicio alcanzar una homogeneidad de medidas entre las obediencias. Se propuso, en tal sentido, crear una base común con la adopción de algunas disposiciones, tales como:
- Solicitar antecedentes penales a nuevos candidatos.
- Capacitar a miembros en identificación y prevención.
- Romper estigmas entre logias masculinas, femeninas y mixtas.
Un momento revelador fue la discusión sobre acoso en redes sociales, comentándose un caso en el que masones atacan a sus colegas —como una mujer trans de la Gran Logia Unida de Inglaterra— escudándose detrás del anonimato. «El ciberacoso también mancha nuestra Institución», se advirtió.
La masonería como espejo
El conversatorio llegó al cierre con una idea fuerza: la masonería no es inmune a los males sociales, pero puede ser faro de cambio. La interseccionalidad —explicada con el mandala de Patricia Hill Collins— debe integrarse para entender cómo opresiones como el machismo o la transfobia se entrelazan.
Como se destacó, «la masonería mixta no causa acoso; este nace de creencias aprendidas en familias o escuelas«. Combatirlo exige autocrítica: «Vamos a logias a trabajar en nuestros defectos, no en los ajenos».

Una reseña completa de esta charla, comentada por la propia expositora, Olga Vallejo Rueda, puede leerse haciendo clic aquí.

