El fin último de las acciones humanas es la felicidad, un concepto que se reconoce como el sumo bien y el blanco hacia el cual dirigen las obras de todos y cada uno. Las personas de todos los estamentos sociales deberían coincidir en que la verdadera felicidad consiste en obrar conforme a la razón perfecta, lo cual equivale a obrar conforme a la virtud perfecta, según el mismísimo Aristóteles.
¿Qué mensaje traen estas palabras de tan tremendo filósofo griego de la antigüedad a los masones, a sus logias y a sus instituciones? La masonería se precia de ser una escuela de valores y moral, por lo cual entroniza la virtud como la conducta a aplaudir entre sus miembros, a la manera de una tendencia hacia el bien que debe cultivarse. El fruto no cae tan lejos del árbol, según parece.
La felicidad representa -para Aristóteles- el bien último y más perfecto, que los hombres eligen siempre por sí mismo y nunca como medio para otro fin, como podrían ser ser ricos o encontrar una pareja de la que recibir amor. Aquella es suficiente por naturaleza, pues hace la vida digna de ser escogida y no carece de nada, extendiéndose no solo al individuo sino también a su familia, amigos y comunidad, ya que el hombre es esencialmente un ser social. Como obra propia del hombre, la felicidad se manifiesta en el ejercicio de la vida activa guiada por la razón (¡vaya lugar donde quedan las emociones!), diferenciándose así de la existencia vegetativa de las plantas y la vida meramente sensitiva de los animales.
Felicidad bajo la lupa
Aunque parece que todos concuerdan en nombrar la felicidad como fin último, existen discrepancias sobre su verdadera naturaleza. Algunas visiones incluyen la identificación de la felicidad con el placer sensual, propia de caracteres serviles y más cercana a la vida bestial que a la humana, según el autor; el acaparamiento de riquezas, que son siempre medios para otros fines; la búsqueda en la honra, que depende más de quien la concede que de quien la recibe; y la mera posesión de virtud sin ejercicio activo, pues alguien podría tener virtudes mientras duerme o padece desventuras.
El ejercicio de la virtud requiere ciertos bienes exteriores como instrumentos necesarios. Las riquezas, los amigos y el poder civil sirven de apoyo a la vida virtuosa, mientras que la ausencia de bienes como la nobleza, la salud o la belleza puede empañar la felicidad. Además, la verdadera felicidad demanda duración: no se alcanza en un día o breve tiempo, sino que requiere el ejercicio constante de la virtud perfecta a lo largo de toda la vida. ¡Este Aristóteles!
Los dos caminos, como dos columnas
Se distinguen dos géneros de felicidad basados en la virtud. La felicidad activa, sustentada en las virtudes morales, consiste en obrar bien los asuntos humanos y se ejerce necesariamente en el trato con otros. La felicidad contemplativa, considerada la más perfecta, se fundamenta en las virtudes intelectuales, particularmente la sabiduría. Este ejercicio corresponde a la parte más divina del hombre -el entendimiento- y se caracteriza por su continuidad, su deleite intrínseco y su menor dependencia de bienes exteriores.
La filosofía moral traza así el camino hacia la felicidad humana alcanzable en esta vida, donde la virtud actúa como vehículo hacia este destino último que orienta todas las acciones humanas, tal como la brújula guía al navegante hacia su norte.
Naturaleza de las virtudes morales
Las virtudes morales constituyen un punto medio (otra vez las columnas) entre el exceso y el defecto, manifestándose tanto en las pasiones como en las acciones. Su materia fundamental son los placeres y las tristezas. Obrar conforme a la virtud significa actuar de acuerdo con la recta razón, estableciendo la virtud como un hábito voluntario que consiste en una medianía determinada por la razón.
La idea central que transmiten sus reflexiones es que las virtudes no son un conocimiento teórico, sino un hábito que se forja con la práctica constante. Así lo afirma en su libro Ética para Nicómaco, donde se describen diversas virtudes morales, señalando para cada una los vicios opuestos que representan sus extremos.
| Virtud | Exceso | Defecto |
|---|---|---|
| Fortaleza o valerosidad | Temeridad o atrevimiento | Cobardía |
| Templanza | Disolución | Insensatez |
| Liberalidad | Prodigalidad | Avaricia |
| Magnificencia | Ignorancia de lo perfecto (apirokalia) | Vileza o poquedad de ánimo |
| Magnanimidad | Hinchazón de ánimo | Abatimiento o bajeza de ánimo |
| Modestia | Ambición | Desprecio de honra o negligencia |
| Mansedumbre | Cólera | Simplicidad |
| Verdad | Fanfarronería o arrogancia | Disimulación |
| Suavidad en bromas | Truhanería | Grosería |
| Suavidad en el trato | Halago o lisonja | Ser terrible o mal comportado |
Explicación ampliada
La fortaleza o valerosidad representa la medianía entre los temores y los atrevimientos, empleándose especialmente en situaciones peligrosas como las de la guerra con un fin honesto. La templanza actúa como el punto medio en los placeres corporales, principalmente aquellos del tacto y el gusto. La liberalidad se enfoca en la comunicación del dinero y los intereses, privilegiando el dar sobre el recibir. La magnificencia, virtud anexa a la liberalidad, implica un gasto conveniente en asuntos de gran envergadura. La magnanimidad o grandeza de ánimo consiste en juzgarse merecedor de cosas grandes y tratarse con honra. La modestia se ocupa de honras pequeñas. La mansedumbre modera los enojos. Las virtudes de la conversación y el común vivir abarcan la verdad, la suavidad en las burlas y la suavidad en el trato, siendo esta última similar a la amistad civil.
La justicia destaca como la virtud más necesaria para la conservación del mundo. La de carácter universal comprende todas las virtudes dirigidas al bien de otro, representando la virtud perfecta en relación con los demás. La que atañe a lo particular, guarda la igualdad y se divide en la justicia distributiva, que rige los repartimientos según la proporción, y la justicia conmutativa, que gobierna los contratos mediante igualdad aritmética.
Una vergüenza, la continencia
La vergüenza no se considera una virtud moral, sino una perturbación del ánimo que surge de un hecho deshonesto y que resulta más propia de la juventud. La continencia, entendida como la capacidad de resistir los deseos, tampoco constituye una virtud en sí misma, sino una mezcla de elementos virtuosos donde el hombre continente persevera más de lo común.
Finalmente, según Aristóteles, el fin de la filosofía moral radica en tratar de alcanzar la felicidad, siendo las virtudes morales los medios para llegar a ella. Estos hábitos permiten a las personas ejercitarse con facilidad en buenos actos. La verdadera felicidad consiste en obrar conforme a la razón perfecta, lo cual equivale a obrar conforme a la virtud. La felicidad del hombre representa el ejercicio del alma conforme a una virtud perfecta. Para alcanzar la virtud moral, las personas deben obrar y vivir conforme a la recta razón, evitando siempre el extremo que más se oponga al medio virtuoso.
