En los tiempos actuales, las teorías conspirativas han traspasado los límites de la sátira y el humor para convertirse en creencias arraigadas para un número considerable de personas. Un ejemplo llamativo es el movimiento «las aves no son reales», que sostiene que en efecto son drones de vigilancia creados por algún país en su sed hegemónica. Si bien la mayoría de sus seguidores lo toman como una broma, subsiste la preocupación de que algunos puedan llegar a sostenerlo genuinamente.

Una conspiración real podría existir, pero gran parte de las que se extienden vulgarmente han surgido a partir de la desinformación, un mal que adquiere características pandémicas en la actualidad. Dos casos muy relevantes, como Pizzagate y QAnon, ambas originadas en foros en línea como bromas, han tenido repercusiones en el mundo real. Pizzagate motivó que un hombre armado irrumpiera en el local de una pizzería para «rescatar» a niños de una supuesta red de tráfico sexual, lo que ha resultado inexistente hasta el momento actual. Por su parte, los seguidores de QAnon participaron en el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021, en un intento por anular los resultados de las elecciones presidenciales originado en rumores acerca de un fraude en las votaciones.

Los Illuminati, una sociedad secreta que algunos creen que controla el mundo, también tienen sus raíces en la sátira. Mejor dicho, si bien existió hace siglos una sociedad secreta que llevaba ese nombre, como tal se disolvió poco tiempo después de su creación. Sin embargo, muchos movimientos actuales se han apropiado de esa denominación, pero todavía no ha podido demostrarse que alguna de estas tuviera relación con la original. En la actualidad, una corriente de paranoicos ha basado su temor a este supuesto control mundial en la repercusión de un artículo publicado en 1969 en «The East Village Other», un periódico clandestino y satírico de la ciudad de Nueva York, que habiendo surgido con la intención de ser una broma, ahora décadas más tarde ha sido tomado en serio por algunos.

El mayor peligro de la circulación de estas teorías reside en la manipulación de la conciencia de las personas

En un debate reciente entre el científico y divulgador español Javier Santaolalla y un teórico de la conspiración apodado «Sr. Tartaria», el primero explicó la importancia de dialogar con quienes sostienen este tipo de creencias, incluso si sus opiniones carecen de fundamento científico, enfatizando en la necesidad de una conversación respetuosa y en evitar la burla, ya que esto -en su opinión- podría afianzar aún más tales convicciones conspiranoicas, por lo cual invitaba a sostener un equilibrio delicado.

Las lanzaderas desde donde se difunden estas teorías misteriosas están en constante evolución. Si bien los foros de internet solían ser los principales espacios, hoy en día, los videos cortos en plataformas como YouTube y redes sociales como TikTok se están convirtiendo en una importante fuente para su expansión, contribuyendo con ello a la creación de un mundo de desinformación.

Abordar esta propagación de explicaciones infundadas requiere un enfoque multifacético. La educación sobre el pensamiento crítico y la alfabetización mediática es esencial, al igual que alentar a las personas a buscar información de fuentes confiables. Además, al parecer interactuar con aquellos que sostienen creencias conspirativas de manera respetuosa e informativa podría ayudar a disipar sus conceptos erróneos.

Las consecuencias de todo este flujo de palabras huecas podrían ser graves, tanto para las personas como para la sociedad en su conjunto. Es importante tomar conciencia de los peligros que representan y adoptar medidas para combatir su propagación, especialmente en cuanto a sostener la conformación de una sociedad mejor informada y resistente a tales maniobras.

Los entendidos también deducen que habría factores psicológicos que contribuyen a la creencia en teorías conspirativas. Coinciden además en resaltar el papel de los algoritmos de las redes sociales en la difusión de información errónea, en la desconfianza que expanden estas posiciones sobre las instituciones, y, finalmente, en la recomendación de verificar datos cuando las personas deban adoptar decisiones.

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