Los mitos sobre el complot masónico no surgieron de una realidad conspirativa documentada. Nacieron como respuesta a profundas crisis políticas y sociales, a exigencias de propaganda contrarrevolucionaria y a la necesidad de señalar culpables externos ante cambios institucionales violentos. La génesis de esta narrativa tiene su punto de partida en los acontecimientos de la Revolución Francesa de 1789.
Algo parecido a la consolidación de este mito, el cual fue instalado por el jesuita francés exiliado abate Barruel, ha sucedido con otras teorías de conspiración que le atribuyen a la Orden: la asimilación errónea de la masonería con los Iluminados de Baviera (más conocidos como los Illuminati) o la imputación de entidad «judeo-masónica», heredera directa de la tesis de Barruel.
Roger Dachez, un calificado historiador y masonólogo francés, ha resumido estas ideas en una interesante entrevista publicada en YouTube por el canal Conspiracy Watch, a cargo del periodista David Medioni. En sus palabras se encuentra la luz para interpretar fenómenos tan mentados, tanto dentro como fuera de las instituciones masónicas.
Desorientación social y la búsqueda de culpables externos
Según las investigaciones de Dachez, durante las semanas posteriores al estallido de la Revolución Francesa, las clases dominantes del Antiguo Régimen monárquico presenciaron el colapso absoluto de un orden político e institucional milenario como la monarquía. La aristocracia, la alta burguesía y los integrantes de los estamentos judiciales experimentaron un estado de perplejidad e incapacidad para asumir su responsabilidad directa en la crisis. Ante el desmoronamiento de su estructura de poder, estos sectores prefirieron atribuir el origen de los acontecimientos a una acción planificada desde las sombras.
La construcción de la figura del chivo expiatorio
Los sectores contrarrevolucionarios requerían la identificación de un actor concreto para validar la teoría de la conspiración. La masonería se convirtió en el blanco prioritario debido a sus propias características socioinstitucionales de la época. En el siglo XVIII, las logias especulativas ya no integraban a albañiles ni a otros miembros de las clases bajas, sino que reunían a miembros de la aristocracia y la burguesía acomodada. Las élites dominantes conocían perfectamente la existencia de la institución.
Por otro lado, la práctica de la reserva y la vigencia de ritos de carácter privado en las logias provocaron recelo en la opinión pública. Si bien la masonería funcionaba como una entidad conocida y legal, la presencia de ceremonias a puerta cerrada estimuló sospechas en las mentes propensas al pensamiento conspirativo.
La asimilación errónea con los Iluminados de Baviera
También Roger Dachez guarda algunas reflexiones para otro fenómeno, que creó confusión hasta la actualidad. La consolidación de otro mito que trazó líneas de interrelación entre la masonería y los Iluminados de Baviera. Adam Weishaupt fundó esta agrupación en la década de 1770 dentro de un territorio alemán predominantemente católico. Los Iluminados constituyeron una organización que sí perseguía fines políticos explícitos, orientados a combatir los absolutismos monárquicos y la influencia de la Iglesia católica.
La estructura operativa de los Iluminados adoptó grados, ritos y niveles similares a los de las logias masónicas. Sus detractores aprovecharon esta coincidencia de métodos para fundir a ambas agrupaciones en un mismo relato propagandístico. De este modo, la narrativa combinó la acción conspirativa real de un grupo político ya disuelto entre 1784-1785 con la trayectoria de la masonería, una entidad que existía activamente pero que carecía de un plan subversivo propiamente dicho.
La formalización en la literatura contrarrevolucionaria
El jesuita exiliado Agustín Barruel formalizó la teoría del complot en la década de 1790 mediante su obra Memorias para servir a la historia del jacobinismo. Barruel sostuvo que la Revolución Francesa representaba la concreción de un plan articulado por dos actores principales: los pensadores de la Ilustración y la estructura de los Iluminados de Baviera, a quienes equiparó intencionalmente con la masonería activa de la época.
Esta interpretación —según Dachez— fijó las bases de la propaganda ideológica de finales del siglo XVIII. La tesis de Barruel presentó la caída de la monarquía no como un fenómeno sociopolítico complejo, sino como el producto de una conspiración previa orquestada por intelectuales y miembros de asociaciones privadas.
Evidencia histórica frente a la narrativa de la conspiración
La investigación historiográfica desmiente que la masonería haya organizado la Revolución Francesa. Al contrario, la orden figuró entre las primeras víctimas del periodo revolucionario. Dachez sostiene que habiendo aproximadamente cincuenta mil miembros registrados en Francia antes de 1789, la inmensa mayoría de las logias suspendió sus actividades y cerró sus puertas durante el periodo del Terror en 1793.
Asimismo, la membresía masónica no actuó en bloque ni bajo una consigna unificada. Sus integrantes se dividieron en función de sus personales filiaciones políticas e intereses de clase. Hubo masones situados tanto en el bando revolucionario como en las filas de la contrarrevolución, registrándose miembros de la Orden tanto entre los impulsores de las ejecuciones como entre las víctimas de la guillotina.
Transformaciones posteriores y persecución en los regímenes totalitarios
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la narrativa del complot evolucionó al integrar componentes antisemitas. En el contexto sociopolítico francés —consigna Roger Dachez— sectores del catolicismo tradicionalista observaron con recelo la incorporación de personas de origen judío a las logias masónicas en su proceso de integración ciudadana. Esta convergencia dio origen al concepto del complot «judeo-masónico», el cual amalgamó antiguos prejuicios religiosos con sospechas acerca de los objetivos de la institución.
Durante el siglo XX, diversos regímenes autoritarios y totalitarios instrumentaron este mito para justificar la represión estatal. El fascismo, el nazismo, el comunismo soviético y el régimen de Vichy —aliado a la invasión alemana del Tercer Reich— proscribieron las actividades masónicas y persiguieron a sus miembros bajo la repetida acusación de constituir un poder en la sombra y una amenaza contra la soberanía del Estado.
Países latinos y mundo anglosajón
Otra distinción importante que marca Dachez es la divergencia entre la masonería del mundo anglosajón y la de los países latinos, basada en su integración en la historia de cada región. En naciones de matriz protestante como Gran Bretaña o Estados Unidos, la Orden nació a finales del siglo XVII bajo una temprana tolerancia civil. Esta integración permitió que la institución gozara de prestigio público, contando con el apoyo de la realeza o la Iglesia anglicana y concentrando su labor social en la beneficencia. Por el contrario, en los países latinos de herencia católica, las condenas eclesiásticas y las monarquías absolutas generaron un clima histórico de sospecha y persecución.
Estas condiciones iniciales moldearon objetivos sociales opuestos. Durante el siglo XIX, las restricciones políticas en Francia y Europa latina convirtieron a las logias en el único refugio para el libre debate. La masonería mutó así en un motor político enfocado en la proclamación de la República y la laicidad del Estado. Como resultado de esta evolución contrapuesta, mientras el ciudadano anglosajón vincula hoy a los masones con la obra filantrópica, en el imaginario latino prevalece la sospecha de influencias y pactos de pasillo.
Otros textos para el contexto
La masonería como reflejo de la sociedad (y no al revés). Esta idea es desarrollada por el autor en su Exposición sobre el Rito Francés, Dachez advierte que es un error de muchos historiadores considerar a la masonería como si viviera en una «burbuja» aislada. Explica, por ejemplo, que la estructura atomizada y descentralizada de la masonería francesa (objeto de su estudio y preocupación permanente) durante el Antiguo Régimen no era un proyecto político propio, sino un fiel reflejo de la propia desorganización y atomización de la sociedad francesa de la época. Fue publicado en el libro En Oro y Azur, compilación dirigida por Joaquim Villalta Mata.
En otro momento, Dachez califica de «absurda« la idea de que el Rito Francés tuviera desde sus orígenes una vocación «mesiánica» destinada a defender el ideal laico o a establecer la República. En su artículo El rito francés: ¿Antiguo o Moderno? (incluido en el libro Rito Francés, complilado por Víctor Guerra), Sostiene que el rito original de los «Modernos» era puramente especulativo y simbólico, y que su posterior asimilación con el combate laico y republicano en la segunda mitad del siglo XIX fue una evolución adaptativa del Gran Oriente de Francia ante el contexto histórico de su tiempo, y no una característica fundacional del rito.
