Detrás de los muros de las instituciones francesas, redes de influencia operan con discreción a favor de ciertos intereses particulares. Según revelara en su momento el testimonio de un ex alto funcionario, la francmasonería controlaría la asignación de puestos de decisión en la administración pública, premiaría la lealtad hacia sí misma y castigaría a quienes desafíen sus mandatos. Pero, como cualquiera podría sospechar, no es la única que lo practica.
El relato corresponde a Yvan Blot, ex inspector general del Ministerio del Interior, quien deja al descubierto un mecanismo: desde 1945, todos los jefes de la Inspección General de Administración —el organismo que supervisa a los prefectos y maneja misiones confidenciales— habrían sido francmasones. «Era un requisito no escrito», confirma. «A mí me dejaron claro que nunca ocuparía ese puesto porque no pertenecía a la logia».
El fragmento de la entrevista en la que menciona estas singularidades puede verse, con subtítulos en español, en Youtube. Se accede desde aquí.
La parte por el todo
Si bien el testimonio tiene el valor de la transmisión de la experiencia propia -que se hace verosímil-, pierde solidez por su carácter de rumor y su aroma a complot, al no estar documentado en las decisiones administrativas del Estado, cuyos fundamentos difícilmente podrían aludir a las líneas de unión entre los involucrados.
Su relato se centra en experiencias personales con francmasones, sin extender el análisis a otras redes potenciales. Si bien podrían existir otras orgánicas, no las nombra ni las equipara en estructura a la masonería, que habría sido la red de influencia dominante en los círculos que él frecuentó. Es conocida también el peso decisorio y de penetración del milieu catholique, los grupos empresariales o las élites tecnocráticas, todos los cuales compiten junto a, o desde, los partidos políticos por los espacios de poder en el Estado.
Empero, se impone afirmar que la Orden, en tanto camino de autoconocimiento y crecimiento moral para sus iniciados, perdería en gran parte su esencia si tendiera a convertirse exclusivamente en un club social, cuyas relaciones fraternales fructificaran como privilegios.
Front National, peligro personal
Afirma el entrevistado que la disciplina interna es férrea. Un amigo suyo le advirtió bajo condición de anonimato que tenía «prohibido terminantemente» apoyar al Front National, el partido político de derecha más importante del país, fundado en 1972 por Jean-Marie Le Pen. «Si lo hago, los médicos masones que me derivan pacientes dejarán de hacerlo. Perdería la mitad de mi clientela y no podría pagar mis préstamos», explicó el afectado, que era profesional de la kinesiología.
Este caso ilustra el mecanismo de la organización: ofrece ventajas profesionales, pero exige obediencia. Quienes rompen las reglas —como afiliarse a partidos vetados— enfrentarían represalias económicas inmediatas.
Socialistas y derechistas: enemigos públicos, hermanos en la logia
En el ámbito político, la francmasonería actuaría como un puente invisible entre rivales, cosa altamente plausible a simple vista ya que la armonía es una aspiración muy masónica. Sin embargo, el testimonio deplora cómo figuras del RPR (derecha) y del Partido Socialista mantenían relaciones cordiales —e incluso pactos— gracias a su pertenencia a la misma logia. «Se conocían de sus reuniones semanales. Eso explicaba sus acuerdos sorpresivos», señala.
Según sugiere su testimonio, esto podría ser germen de acuerdos que no sitúan en primer lugar a los intereses de la sociedad francesa. No todos los miembros buscarían ideales trascendentes. Algunos, que él denomina «francmasones alimentarios», ingresarían solo para hacer negocios. «He oído a masones quejarse de compañeros sin escrúpulos que usan los contactos para enriquecerse», admite el narrador. Pese a las críticas internas, estas prácticas persistirían.
«No es teoría conspirativa»
Frente a quienes tildan estas denuncias de «fantasías complotistas», el ex funcionario es contundentemente asertivo: «Quien lo niega no ha visto cómo funcionan las cosas desde dentro». Su experiencia sugiere que la influencia masónica está vigente en el Estado francés, aunque adaptada a los tiempos: menos rituales secretos, pero igual de efectiva en el control de élites decisorias.
¿Quién gobierna realmente?
El testimonio plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto las decisiones de Estado están filtradas por lealtades discretas? Mientras la avanzada democracia francesa se jacta de su republicanismo laico, estas revelaciones muestran que, en las alturas del poder, otros vínculos —más antiguos y menos transparentes— podrían estar decidiendo el futuro del país.
Finalmente, universidades y escuelas privadas de distintos credos, asociaciones de ex alumnos, sindicatos, medios de comunicación, y grupos de presión de variada dimensión o ejes temáticos, trazan sus líneas para obtener sus posiciones en una verdadera guerra de codazos. Entre sus respectivos clanes también existe cierta solidaridad interna (favores profesionales, contrataciones, apoyo a carreras políticas), pero esto quedará para otra ocasión.
